ISABEL LA CATÓLICA: ¿MERECE SER CANONIZADA PESE A LA EXPULSIÓN DE LOS JUDÍOS DE ESPAÑA?

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Hablemos un poco en cuanto a la acusación de que Isabel la Católica expulsó a los judíos de Europa por antisemitismo. Debemos partir de una base: la decisión de Isabel la Católica de expulsar a los judíos de España ha sido una decisión política, y por lo tanto no está exenta de error. Sin embargo, un error político no siempre es un pecado (a veces lo es, a veces no).

Es claro que la expulsión de todos los judíos en masa en el siglo quince es polémica puesto que aparentemente se los mete a todos en la misma bolsa. No podemos decir que todas las mujeres son prostitutas porque algunas lo sean; no podemos decir que todos los sacerdotes son pedófilos porque algunos lo sean; no podemos decir que todos los hombres son infieles y adúlteros porque algunos lo sean; no es correcto generalizar. De la misma manera, al parecer es complicado defender la expulsión en masa de los judíos, puesto que parecería una decisión arbitraria y dictatorial. Sea como sea, Isabel, como reina y soberana, tomó una decisión política. Puede gustarnos o no, pero actuando en política a veces se acierta y a veces nos equivocamos. Vamos a analizar la expulsión de los judíos de España tratando de ser objetivos y buscando entender la mentalidad del hombre del siglo quince.

1. ⁠El Papa San Juan Pablo II, en su momento, bloqueó la canonización de Isabel la Católica por presión de la comunidad judía que la ven como una enemiga. También en su momento el Papa San Pablo VI había bloqueado la canonización de los mártires de la revolución española, quienes fueron asesinados por los comunistas asesinos en la guerra civil de 1936. En el caso de San Pablo VI, aparentemente no siguió adelante con estos procesos por presión de la Unión Soviética (gran perseguidora de cristianos). Juan Pablo II tuvo la valentía de canonizar a los mártires de la revolución española luego de muchos años en que sus procesos habían sido “congelados” para no enojar a los comunistas (es decir, a los asesinos).

2. ⁠Paradójicamente, el mismo Papa que canonizó a los susodichos mártires, sin embargo frenó la canonización de Isabel la Católica. La razón de dicha medida no fue teológica sino política. La comunidad judía, que ve en la reina de Castilla a la autora de la expulsión de 1492, ejerció una presión que el Vaticano no supo o no quiso resistir.

3. ⁠La paradoja es doble. Por un lado, el pedido de perdón de Juan Pablo II se entendió como un gesto de humildad universal, dirigido a todas las víctimas de la historia eclesial. Recordemos que el Pontífice polaco no pidió perdón por el tribunal de la Inquisición sino por sus malos miembros. Sin embargo, su pedido de perdón puede interpretarse como un acto de caridad hacia las víctimas inocentes de malos cristianos particulares. Por otro lado, ese mismo gesto se usó como argumento para impedir que la Iglesia reconociera la santidad de una mujer que, según la historiografía católica, vivió en gracia de Dios y murió en olor de santidad.

4. ⁠El caso de Pablo VI es aún más revelador, porque la presión no vino de una comunidad religiosa sino de un Estado ateo y asesino. El proceso de canonización de los mártires de la Revolución española —los sacerdotes, religiosos y laicos asesinados por los comunistas durante la guerra civil de 1936— se detuvo en su pontificado. La explicación que circuló en los ambientes vaticanos era clara: la Unión Soviética no toleraba que la Iglesia Católica glorificara a sus víctimas. Un mártir es siempre incómodo; ya que es “semilla de nuevos cristianos”, como decía el mismo Tertuliano; y un Estado ateo nunca estará contento cuando la Iglesia de Cristo exalta a sus santos, pues ellos representan el rostro viviente del Salvador al cual ellos rechazan.

5. ⁠La diferencia entre los dos casos es instructiva. En el de Isabel, la presión era moral: la comunidad judía reclamaba justicia histórica y el Vaticano cedió por prudencia diplomática. En el de los mártires españoles, la presión era geopolítica: la Unión Soviética reclamaba silencio y el Vaticano cedió por cálculo estratégico. En ambos, el resultado fue el mismo: la Iglesia renunció a su propia memoria para no ofender a quienes la atacaban.

6. ⁠Vittorio Messori, en Leyendas Negras de la Iglesia, advierte que esta renuncia tiene un costo. Cuando la Iglesia acepta la versión de sus enemigos como punto de partida, deja de ser dueña de su historia. La leyenda negra no solo deformó la imagen de España; deformó la imagen del catolicismo. Generaciones enteras crecieron avergonzadas de Torquemada, de la Inquisición, de la Reconquista, sin haber leído una sola fuente primaria. La autocrítica se volvió autodesprecio.

7. ⁠Cristián Rodrigo Iturralde, en “La Inquisición: un tribunal de misericordia”, va más lejos. No solo defiende la institución: denuncia el mecanismo por el cual la Iglesia moderna se dejó arrastrar por la narrativa ajena. El pedido de perdón de Juan Pablo II, dice, fue un acto de caridad mal entendido. Perdonar los abusos no equivale a condenar la institución. Perdonar a los hombres que pecaron no equivale a negar que Dios obró a través de ellos. La distinción es sutil, pero decisiva: sin ella, la Iglesia se convierte en rehén de su propia culpa.

8. ⁠El texto que abre este capítulo plantea, sin decirlo, la pregunta de fondo: ¿puede una institución perdonar sin traicionarse? La respuesta de Messori e Iturralde es no. El perdón verdadero no borra la memoria; la purifica. La Iglesia puede y debe pedir perdón por los abusos de algunos malos inquisidores, pero no puede aceptar que la Inquisición entera haya sido criminal. De la misma manera, puede canonizar a Isabel la Católica sin negar que la expulsión de 1492 fue un drama humano, pero fue un acto político, y no necesariamente tal acción vaya contra la santidad de la reina. También puede glorificar a los mártires de 1936, aunque los comunistas, quienes son grandes hijos del Padre de la Mentira, no estén contentos con estos testigos de la fe.

9. ⁠La presión sobre los Papas no fue solo externa. Fue también interna: una Iglesia que había perdido la confianza en su propia historia, que se había vuelto vulnerable a la acusación, que prefería el silencio a la controversia. Esa vulnerabilidad es el verdadero legado de la leyenda negra. No la Inquisición, no Torquemada, no la expulsión, sino LA VERGÜENZA. Esa es la vergüenza que debemos superar, ya que la Inquisición fue un tribunal de misericordia, Torquemada fue un gran ejemplo como religioso y como sacerdote, y la expulsión de los judíos fue un acto político que puede discutirse si fue oportuno o no, pero es una decisión que Isabel tomó como monarca y tuvo sus razones para tomarla.

10. ⁠Lo que hay que decir es que la expulsión de los judíos de España en 1492 no fue un acto aislado ni una anomalía española. Fue la última de una serie de expulsiones que recorrieron Europa durante siglos. Inglaterra los expulsó en 1290, bajo Eduardo I. Francia los expulsó en 1306, bajo Felipe el Hermoso, y de nuevo en 1394, bajo Carlos VI. Portugal los expulsó en 1497, apenas cinco años después de España. Sicilia, Nápoles, Baviera, Austria y varios estados alemanes hicieron lo mismo en fechas distintas. Es decir: la decisión política de expulsar a los judíos fue tomada por monarcas de toda Europa, católicos y no católicos, durante más de dos siglos. España no fue pionera ni la más dura. Fue, en realidad, de los últimos reinos en adoptar una medida que ya era práctica común en el continente.

11. ⁠Hay que recordar además que los judíos no tenían ciudadanía en Europa. No eran súbditos con derechos plenos, sino un grupo tolerado bajo condiciones especiales: pagaban impuestos propios, vivían en barrios separados, estaban sometidos a tribunales propios y podían ser expulsados por decisión del soberano. Su estatus era el de extranjeros residentes, no el de ciudadanos. Por eso la expulsión no se percibía en la época como una violación de derechos, sino como el ejercicio de un poder que el monarca ya tenía sobre ellos.

12. ⁠Entender el contexto no es aprobarlo ni desaprobarlo; es evitar juzgar el siglo quince con los criterios del siglo veintiuno. Los monarcas de la época actuaban según las categorías políticas de su tiempo, no según las nuestras. La Iglesia, por su parte, no ordenó la expulsión. El Concilio de Letrán IV, en 1215, había prohibido a los cristianos vivir con judíos y musulmanes, pero no había pedido su expulsión. La decisión fue política, no eclesiástica. Los reyes de España actuaron como reyes, no como instrumentos de Roma.

13. ⁠Las razones por las cuales Isabel la Católica expulsó a los judíos: el descontento popular contra los judíos en la España del siglo quince tenía tres causas principales:

a) La primera era la usura: los judíos prestaban dinero a intereses, una actividad prohibida a los cristianos, y muchos campesinos y artesanos caían en deudas que no podían pagar. El pueblo veía en ellos a los responsables de su ruina económica.

b) La segunda era la acusación de crímenes rituales. Se les imputaba la muerte de más de cien niños cristianos, entre ellos el Niño de la Guarda, un niño de tres años desaparecido en 1490 en la localidad de La Guardia, cerca de Toledo. Su cuerpo nunca apareció, pero el proceso inquisitorial condenó a varios judíos y conversos como culpables. Esta acusación alimentó el odio popular en su época.

c) La tercera era la de las falsas conversiones. Muchos judíos se bautizaban para obtener los beneficios del cristianismo, pero seguían practicando el judaísmo en secreto. Se les llamaba judaizantes, y se les acusaba de usar la conversión como tapadera para cometer crímenes. El caso más grave fue el asesinato de Pedro de Arbués, inquisidor de Zaragoza, apuñalado en 1485 mientras rezaba en la catedral. Los asesinos eran conversos, y el crimen conmocionó a toda España.

Podríamos agregar una cuarta causa a las tres mencionadas anteriormente: España estuvo en guerra con el Islam por más de setecientos años. Los judíos debían elegir entre Cristo y Mahoma, y al parecer se unieron con este último contra los cristianos, cosa que el pueblo español se los reprochaba.

14. ⁠Ante este clima, Isabel la Católica se enfrentó a una decisión difícil: expulsar a los judíos o permitir que el pueblo los linchara. La expulsión de 1492, según esta lectura, no fue un acto de crueldad sino de protección. Al sacar a los judíos del reino, Isabel los salvó de una violencia popular que, según las acusaciones de la época, habría sido inevitable.

15. ⁠Lo que queda claro es que Isabel la Católica no expulsó a los judíos por un mero acto de antisemitismo, sino que tenía sus razones. Podremos discutir si la expulsión en masa fue correcta o no, ya que obviamente no todos los judíos eran corruptos, pero evidentemente los casos de traición habían sido tantos que la monarca interpretó que la paz del reino estaba en discusión. Ella tenía que tomar una decisión, y la misma fue pedirle a los judíos que abandonaran el reino. Fue un acto político con el cual se puede estar o no de acuerdo, pero en el caso de que Isabel haya cometido un error político (si es que lo cometió), eso no va contra su santidad ni contra su vida de piedad. La reina buscó la paz de su reino y tuvo que tomar una decisión dolorosa. Que cada uno saque sus propias conclusiones de la misma.

16. ⁠Lo que es irónico es que la misma Iglesia Católica que muchas veces es acusada de antisemita fue la que recibió a los judíos luego de que fueron expulsados de España. Para ser más precisos: los judíos expulsados de España en 1492 no quedaron sin refugio. El Papa Alejandro VI, de origen valenciano, los recibió en los Estados Pontificios. Su bula de 1493 les permitió asentarse en Roma y en otras ciudades papales, con la condición de llevar una señal distintiva en la ropa, como ya se exigía en otras partes de Europa. La comunidad judía de Roma es la más antigua de Europa Occidental: existía desde la época imperial, siglos antes de que el cristianismo se convirtiera en religión oficial. Nunca fue expulsada. A lo largo de los siglos tuvo altibajos según el Papa de turno —algunos les impusieron restricciones, otros les concedieron protección— pero su presencia fue continua y jamás fueron expulsados de los estados pontificios, como sí fueron expulsados de toda Europa. Podríamos decir que la Iglesia fue la única que no expulsó a los judíos de sus territorios y siempre los acogió, por más que en la gran mayoría de los países europeos los hayan deportado.

Conclusión: dicho todo esto, ni Isabel la Católica fue antisemita ni tampoco España lo fue. Se les permitió vivir en el reino mientras su presencia no representase un peligro para la paz del mismo. Isabel interpretó —luego de los sucesos narrados— que había motivos para pedirles que se fueran. No siempre nos gustan las decisiones tomadas por los gobernantes, pero que a nosotros no nos guste no quiere decir que no tengan derecho a tomarlas ni que estén equivocados. Las decisiones de gobierno, en muchos casos, son discutibles. Lo que Isabel hizo no deja de ser discutible y se puede cuestionar. Sin embargo, nadie puede decir que la monarca no tenía razones para hacer lo que hizo. Si esas razones para algunos no son suficientes, ya es otro cantar. En el peor de los casos, su medida política pudo haber sido errónea, pero esto hay que probarlo y siempre habrá razones de peso tanto para estar de acuerdo con Isabel como para estar en desacuerdo. Volvemos a repetir: un error político hasta los santos pueden cometerlo, pero no por eso dejan de ser santos. Este hecho no puede ir contra la santidad de la reina ni contra su vida de piedad, y por lo tanto esperamos algún día ver a Isabel en los altares, venerada por toda la Iglesia Católica.


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P. Tomás Beroch

Escrito por P. Tomás Beroch

Nacido el 3 de febrero de 1984 en Buenos Aires, Argentina, en una familia de origen suizo, el Padre Tomás Beroch creció en un entorno...

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