CATOLICISMO Y MUNDO
Según la manera de relación con la realidad temporal, hay fundamentalmente tres modelos de catolicismo. Por supuesto, hay matices en la realización de cada uno de ellos y, en todos los casos, corresponde distinguir entre aquello que constituye per se al modelo y aquello que per accidens lo puede acompañar; pero lo cierto es que los modelos son tres, a saber, el modelo clásico, el moderno y el auténtico.
1. Modelo clásico
Lo esencial es salvar el alma.
Como lo esencial es salvar el alma, este mundo no sería más que un trampolín, una plataforma de lanzamiento, una palestra de ejercicio, para lograr ese objetivo haciendo méritos. Este mundo en sí mismo carece de sentido y de valor si no se lo entiende bajo esa perspectiva. Habría que «imitar» a Cristo mediante un esfuerzo ascético, copiando un modelo que es un plan prediseñado: por la cruz a la luz.
Jesús habría venido, por un lado, para ofrecerse en sacrificio cruento propiciatorio para el perdón de los pecados, pero, por el otro, para preparar «Trento», para transmitir un conjunto de datos acerca de Dios y del hombre, para dar «info»: quien carezca de esta info, no podrá acceder a la salvación.
Esta figura clásica asume dos líneas.
– Línea 1. – Línea del desprecio del mundo buscando apartarse de él para dedicarse, así, a la adquisición de las virtudes, en una suerte de «fisi (o sea, espiri) culturismo “católico”».
– Línea 2. – Línea de la transformación del mundo como objetivo meritorio para que el reinado eterno de Dios, mediante mi acción, se extienda a la historia y se cristalice en una ciudad/civilización cristiana.
La línea 1 es abstractista y conlleva el riesgo de mutilar el aspecto fraterno de la caridad y de abdicar de la necesidad de la predicación y de la misión.
La línea 2 conlleva el riesgo, serio y grave, de la sustitución de la mística por la política, haciendo del creyente una suerte de «zelote católico».
En tanto que la primera conlleva cierto sesgo individualista, la segunda tiene como tentación propia la de instaurar cierto totalitarismo –en nombre de la verdad, por supuesto–.
Históricamente, este modelo tuvo algunas expresiones en el cristianismo primitivo pero predominó marcadamente y de manera creciente desde el tardo medioevo hasta mediados del siglo pasado.
2. Modelo moderno
Lo esencial es la transformación del mundo, para que el mundo se vuelva más humano.
En efecto, todo el tema del alma y esas cosas habrían surgido a causa de la intromisión de elementos griegos en el cristianismo. Pero, en realidad, de lo que se trata es de vivir bien aquí; y vivir bien significa ser solidarios y hacer que el mundo sea más humano. Todo el resto se reduce a proyecciones hechas a partir de códigos culturales, y Dios está por encima de todo eso. Es decir: Dios no mira en qué creo, qué es lo que pienso acerca del mundo, de la historia, de la vida en general, si creo en el cielo o el infierno, ni mira tampoco cuál es mi conducta privada y personal, mis preferencias sexuales, si recurro a la autocomplacencia o no… No le interesa y no se anda con nimiedades así. Lo que Dios mira es si fui solidario. Y eso es lo esencial. Cómo siguen las cosas después, no lo sabemos en detalle, aunque los que creen en Cristo saben que, tanto para quienes crean como para quienes no crean pero hayan vivido en estos términos, habrá algún tipo de triunfo definitivo que implicará una realización definitiva de alcance comunitario y personal. Así, «imitar a Cristo» será, para quienes crean en él –lo cual, por supuesto, no es ni necesario ni imprescindible–, emular lo que habrían sido sus actitudes revolucionarias: imitar a un muchacho rebelde. Hacer lío.
Porque, en efecto, Jesús habría venido para enseñar, con su ejemplo, actitudes; de ninguna manera para transmitir verdades a las que se estaría obligado a adherir. De ninguna manera. Tampoco vino a establecer sacramentos ni nada de eso: todo eso son incrustaciones eclesiástico-culturales perimidas, que de alguna manera arrastramos; sin embargo los sacramentos no son fuente de transformación interna, sino sólo expresión del sentir religioso popular. Por eso mismo, no hace falta contar con ninguna info particular para acceder a una presunta salvación. Y por eso mismo, no debe pensarse que la muerte en cruz tiene razón de sacrificio propiciatorio, bajo ningún concepto: la muerte de Jesús en la cruz es simplemente la muerte de un laico marginado, oprimido, que se entrega simbólicamente por una causa justa, siendo coherente con sus ideales de compromiso social. Así, lo único que Jesús querría es la actitud de aceptación del otro en su identidad y su diferencia, cristalizada en un comportamiento que lleva a combatir las marginaciones, desigualdades e injusticias, según el contexto cultural: así como antes, por ignorancia, los marginados eran los leprosos, hoy, por ignorancia, los marginados serían los LGTB. En sustancia, Jesús habría venido para contarnos, simplemente, que de facto todos somos hermanos y Dios es dios-abuelo. Lo importante es que convivamos en paz y que no nos peleemos entre nosotros. Nada de pretender «convertir» a nadie, respetar todas las ideas. Pastelli tutti.
Esta línea hace del cristianismo una simple mitología inspiradora de carácter regional, que deberá coexistir con otras igualmente legítimas manifestaciones de Dios. Nada más que eso. Es una línea inmanentista, antropocéntrica que se vuelca con facilidad a la izquierda política.
Este modelo predomina desde mediados del siglo pasado hasta nuestro tiempo, con una acentuación y aceleración notable a partir del franciscato y ha configurado la liturgia, la manera de hacer catequesis, la manera de orar y muchas cosas más.
3. Modelo auténtico
Lo esencial es el vínculo filial con Dios –obviamente, con todo lo que ello implica (proprium)–.
Este modelo ancla a la persona en Dios mediante la contemplación y la celebración litúrgica del misterio revelado que nos trasciende y nos transforma a partir de la conexión con él. Por eso, en este modelo el único objetivo es la unión con Dios. Y la unión con Dios no consiste en otra cosa que en el crecimiento de las virtudes teologales. De allí se desprenden, como consecuencias inexorables, como efectos concomitantes inevitables, pero no como objetivos que hay que proponerse en primer lugar, en este mundo, la construcción de la cristiandad y la mejora de las condiciones humanas de existencia y, luego, la beatitud eterna. Hay, sí, imitación de Cristo, pero no como principio (copiar un modelo) sino como resultado, en razón de la participación cada vez más intensa en el misterio pascual mediante la vida de la gracia.
Jesús vino como revelación viviente de Dios Padre que en un acto de amor da su Hijo al mundo (cfr. Jn 3,16) como víctima de propiciación por los pecados. La respuesta adecuada es la aceptación completa de Dios tal como él es: trino, la segunda persona hecha hombre en el medio de la historia, nacida de una Virgen y alcanzable en su eficacia salvífica mediante los sacramentos. Esta info está, sin duda alguna, intrínsecamente anexa a la donación misma que Dios hace de sí, pero no se trata ante todo de proporcionar una información, sino de establecer un vínculo: hijos en el Hijo.
Naturalmente, el rechazo voluntario de la info en toda su amplitud implica la ruptura del vínculo porque implica la voluntad de construirse un dios a la propia medida: pero aquí lo central no es disponer del conjunto de conocimientos adecuados, sino relacionarse de manera adecuada con el Dios vivo, a partir de Su iniciativa libre.
* * *
Así, mientras que en el modelo «clásico» el objetivo estaba fuera de este mundo (fuera de la realidad, dirían los del modelo «moderno») y en el modelo «moderno» el objetivo estaba dentro de este mundo (carente de trascendencia, dirían los del modelo «clásico»), en el modelo auténtico se superan ambos límites, garantizando como una consecuencia lo que ambos buscaban como fin y desplazando el acento decididamente hacia el verdadero fin.
Obviamente: salvar el alma no es algo malo, ni lo es transformar el mundo; tampoco la solidaridad es algo intrínsecamente perverso, ni mucho menos –aunque sí lo es el modelo que la propone como objetivo principal–. No estamos hablando de «cosas malas» sino de modelos estructurales, de patrones operativos, de acentuaciones, de perfiles. Y hace falta aclarar que tampoco estamos hablando de personas (hace falta aclararlo porque hay «termos» tanto en el modelo 2 como, sobre todo y aunque resulte sorprendente, en el modelo 1; en el modelo 3 no puede haber «termos», por definición): hay personas católicas de buena voluntad en el modelo 2, engañadas inculpablemente por una mala formación; y hay también, muchíííísimas personas de buena voluntad en el modelo 1, en el que la diferencia con lo auténtico es mucho más sutil.
El modelo 1 es esencialista.
El modelo 2 es inmanentista.
El modelo 3 es intensivo.
El esencialismo del modelo 1 está dado por las formas, litúrgicas, doctrinales, canónicas o políticas.
El inmanentismo del modelo 2 está dado por la centralidad del hombre en su dimensión histórica, de la que se sigue el subjetivismo y el relativismo doctrinal y moral, con sus macabras consecuencias catequéticas y litúrgicas.
La intensividad del modelo 3 está dada por el anclaje teologal en el principio existencial intensivo teologal que es la virtud de la caridad. La caridad vivifica al entendimiento volviéndolo contemplativo y potencia a la esperanza despertándola a grandes empresas.
Quienes sepan filosofía –filosofía «en serio»– habrán podido sospechar que toda esta división obedece a las posibles acentuaciones en la manera de poner en acto al intelecto –o sea, las maneras de «decir “ente”»–, que son tres y sólo tres, a saber, el ente como contenido, el ente como adecuación subjetiva, el ente como acto (secundum decem prædicamenta, ut verum, ut actus). Por eso, el modelo 1 es el de la imitación-copia platónica y de la forma aristotélica; el modelo 2 es el del cogito en todas sus variantes y derivaciones; el modelo 3 es el de la participación según el tomismo intensivo. [¿Quiere decir esto que santa Teresita sabía lo que era el tomismo intensivo? No: lo que estamos haciendo es un análisis reflexivo acerca de los modelos de cristianismo, mientras que los santos vivían el cristianismo, sin tener ni la obligación ni la necesidad de analizar el modelo desde el que lo vivían. Una cosa es la mediación de la razón; otra la inmediatez de la experiencia concreta de la vida vivida.]
El modelo 1 es doctrino-céntrico.
El modelo 2 es humano-céntrico.
El modelo 3 es teo/trino/cristo/agape-céntrico.
En el modelo 1, la relación con Dios es quasi únicamente de justicia y quasi supersticiosa (síntoma inequívoco: la pastoral del «devocionismo», de las medallitas…), con un primado absoluto del contenido doctrinal que implica paradójicamente una deformación o una virtual mutilación del amor. La consecuencia eterna será un vacío, porque un vacío supersticioso es lo que se vive [entendiendo el modelo según aquello que lo constituye per se y no según cosas que le podrán estar anexas de facto y per accidens].
En el modelo 2, la relación con Dios es meramente extrínseca, porque Dios no tiene otro rol que el de ser una fuente de inspiración, en caso de que la persona sea creyente; pero que la persona sea creyente o no, no modifica su manera de vivir: siempre se trata de solidaridad horizontal. Aquí también la consecuencia eterna será un vacío, porque un vacío horizontal es lo que se vive [entendiendo el modelo según aquello que lo constituye per se y no según cosas que le podrán estar anexas de facto y per accidens].
En el modelo 3, la relación con Dios es de vínculo afectivo filial. Bajo ese respecto, la distinción cualitativa entre «esta» vida y la «otra» es irrelevante, porque siempre se trata de la vida eterna, o sea, de vivir en unión con Dios: «vida eterna», en sentido joánico, no indica una duración sino un tipo de vida, a saber, la manera de vivir que es propia de Dios. Entonces, cualitativamente, la eternidad no diferirá de la vida presente: lo que diferirá será que esa manera de vivir adquirirá su forma definitiva, con todo lo que ello implica a nivel ontológico (cfr. Col 3,1-3; 1Jn 3,1-3).
En el modelo 1 la relación con Dios es tendencialmente objetiva y formal.
En el modelo 2 la relación con Dios es eminentemente subjetiva y per accidens.
En el modelo 3 la relación con Dios es efectivamente real existencial.
El modelo clásico implica una hipertrofia de la fe; el modelo moderno, una hipotrofia de la esperanza. Sólo el modelo auténtico asume de la manera correcta la dimensión teologal completa, en tanto que los otros dos la deforman: el primero desplazando lo formal de la fe hacia lo material; el segundo, suprimiendo siempre e invariablemente la verticalidad, es decir, cortando de raíz lo propio de la dimensión teologal.
En efecto, en el modelo clásico se tiende a identificar el objeto formal de la fe con la explicitación material del contenido articulado al máximo del detalle, haciendo de la caridad cierto tipo de complemento (así como la existencia completaría a la esencia) y corriendo el riesgo de falsificar el dinamismo de la esperanza. En el modelo moderno se tiende a identificar la fe con el vago sentimiento religioso y a hacer de la caridad una mera solidaridad horizontal, con una hipotrofia de la esperanza, ya que se la entiende en sentido meramente horizontal: un mundo mejor –que no te roben la esperanza [?]–. En el modelo auténtico, por el contrario, corresponde a la caridad el primado absoluto: ella vivifica a la fe y dinamiza a la esperanza, llevando a crecer en el conocimiento de Dios, a desear ardientemente la unión eterna con Él: todo lo cual, ciertamente, tiene repercusiones directas en esta vida.
En el fondo, el problema es siempre el mismo: confundir la consecuencia del objetivo con el objetivo mismo y procurar alcanzar la consecuencia presuponiendo que alcanzarla implica, de suyo, haber cumplido con el objetivo. Es un error grave. Atención: no se trata del error de confundir el fin con los medios (ése es otro tipo de error); se trata de confundir el efecto que se sigue de algo con ese algo del que se sigue el efecto, poniendo una cosa en lugar de otra, invirtiendo, por así decirlo, el centro de gravedad. Por eso se dan «contempladores de rituales» y predicadores (transmisores de la info «correcta») que carecen de auténtica relación con Dios, al mismo tiempo que piensan estar acumulando méritos, y se dan agitadores de causas solidarias que carecen también, por completo, de toda relación con Dios, sin que les interese en absoluto «ganar méritos» ni «hacer apostolado», porque la relación con Dios no entra en su radar ni es parte del proyecto.
El que busca, encuentra. Y lo que se encuentra, es lo que se busca.
Los primeros se quedarán eternamente con la cáscara.
Los segundos se quedarán eternamente con la horizontalidad antropológica.
Ambos, eternamente vacíos.
* * *
Así, pues, la relación entre catolicismo y mundo se declina en tres figuras: figura de la divergencia, figura de la convergencia y figura de la trascendencia, que son otras tres maneras de expresar el esencialismo dicotómico formalista, el antropocentrismo subjetivo-relativista y la trascendencia según la actualidad intensiva.
La figura de la divergencia plantea una dicotomía en el ideario y en el programa. Por eso asume dos posibles líneas estratégicas: el alejamiento y rechazo o la transformación combativa. En ambas líneas, el mundo es «lo otro» y se da una dicotomía. Esto se expresa en la interpretación de las relaciones entre gracia y naturaleza desde la presunta potencia obediencial. La religión se opone al mundo. La caridad es, ante todo y exclusivamente, amor a Dios, en tanto que el aspecto de la caridad fraterna tiende a desdibujarse, decayendo de dilectio en beneficencia: amar al otro es hacerle el bien, pero no es «quererlo» (amar a Jesucristo «escondido» en el prójimo no es amar formalmente al prójimo, sino sólo materialmente, como bien explica santo Tomás).
La figura de la convergencia plantea una identidad de fondo en el ideario y el programa, con una diferencia en la manera de expresarlo: en lenguaje simbólico-religioso por un lado, en lenguaje histórico-social por el otro. Pero en el fondo se trata de lo mismo. Esto se expresa en la interpretación de las relaciones entre gracia y naturaleza según la cual los confines se desdibujan y ambas terminan por identificarse, en términos ya de deseo natural lubaciano, ya de humanismo integral maritainiano, ya de cristianismo anónimo rahneriano. La religión se vuelve mundo, se vuelve cotidianeidad –de donde la necesidad imperiosa y visceral de suprimir todo signo de sacralidad: sotanas, gregoriano, latines, exclusividad del presbítero con respecto a la eucaristía… todo ello «¡afuera!»; al mismo tiempo que habrá que promover la desacralización: comunión en la mano, laicos al altar como «ministros», sobre todo las mujeres…–. La caridad es, ante todo, caridad fraterna y, ésta, simplemente solidaridad. Nuevamente, la dilectio decae en beneficencia, y mucho peor que antes, porque aquí se cortan por completo los lazos con la verticalidad.
La figura de la trascendencia se ancla en Dios y desde allí transforma al hombre y a las estructuras mundanas, a partir de la dilectio y el dinamismo que de ella se desprende. Esto se expresa en la interpretación de las relaciones entre gracia y naturaleza en términos de deseo natural tomasiano.
Tanto en la figura de la divergencia como en la de la convergencia prima la justicia. En el primer caso, bajo la forma de religiosidad y culto; en el segundo, bajo la de reivindicación del pobre, del oprimido, del marginado, del pueblo… En la primera, el culto es central. En la segunda, el culto es una anécdota histórica, irrelevante y de suyo prescindible. En ambos casos, lo cardinal absorbe a lo teologal.
En la figura de la trascendencia prima la dimensión teologal, que da vida a la dimensión cultual sin suprimirla.
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A MANERA DE APÉNDICE
Se entiende, pues, cómo los tres modelos implican tres comprensiones distintas de esa realidad llamada «Iglesia» y de las religiones en general.
Para el modelo clásico y el modelo auténtico sólo la Iglesia Católica Apostólica Romana es la verdadera Iglesia. Ella ha sido explícitamente fundada por Jesucristo y es la única religión verdadera (para dolor, rabia, bronca y furia de los ideólogos del modelo 2, el mismísimo Concilio Vaticano II dice explicitamente que Jesucristo fundó la Iglesia católica. No en Lumen Gentium, sino en Inter Mirifica nr. 3). La diferencia entre ambos modelos está en que el primero propone una lectura formalista-esencialista, con un primado absoluto del contenido, mientras que el segundo asume lo que propone el primero pero vivificándolo desde la intensividad de la caridad –algo semejante a la oposición entre las interpretaciones de la esencia y el esse según el tomismo clásico y el tomismo verdadero–.
Por eso, para ambos modelos resulta imperativo que todas las personas de todo el mundo y todos los países de todo el mundo se conviertan al catolicismo, puesto que fuera de la Iglesia católica no hay salvación. Las demás religiones son falsas y de suyo y per se malas.
En cambio, para el modelo moderno las religiones son algo positivo y bueno en sí mismo; la expresión católica del sentimiento religioso no tiene derecho a reclamar ninguna exclusividad. Es más: el catolicismo hoy tendría que dedicarse a aplaudir y promover la diversidad de expresiones religiosas, con el objetivo permanecer en actitud de diálogo. En tanto que los modelos 1 y 3 cuentan de facto con esa diversidad y multiplicidad, teniendo que lidiar con ella y procurando eliminarla, el modelo 2 la aplaude, la aprecia, la estima, la procura, la promueve, la quiere. La valoración es netamente distinta y opuesta. El modelo 2 rechaza de plano el dogma de fe extra ecclesia nulla est salus y, en el mejor de los casos, propone de él una interpretación diluida y falsa, identificando iglesia y humanidad en general. En realidad, considera que esa afirmación constituye un error y que hay que hacer caso omiso de ella.
Para el modelo clásico, todo no bautizado está en pecado mortal. Para el modelo auténtico, puede haber no bautizados que estén en gracia: pero esa gracia los lleva, por dinamismo interno y exigencia propia, a insertarse de manera plena y perfecta en el régimen sacramental cultual de la Iglesia. Para el modelo moderno, en la práctica no hay pecado mortal y la pertenencia «externa» a la iglesa es algo anecdótico y accidental. Es más: según el modelo moderno suelen ser mejores muchas personas que no frecuentan la parroquia, que las personas que sí la frecuentan.
Para los modelos 1 y 3, la comunión se da en la fe (viva) y en la pertenencia al único cuerpo de Cristo, integrándose en él como piedras vivas en su identidad jerárquica y en el único culto verdadero y per se acepto a Dios. El cuerpo místico de Cristo es la Iglesia católica apostólica romana. La diferencia efectiva se dará en los modos de proceder, en el trato a las personas, en la manera de vivir el impulso misionero, etcétera.
Para el modelo 2, la comunión consiste en una actitud de diálogo. Estar en comunión no quiere decir poseer la misma fe que profesa la Iglesia de Roma, sino que quiere decir «actitud de escucha, de diálogo, caminar juntos a lo largo de la historia». Ser iglesia no es ser ante todo el cuerpo místico de Cristo, con una pertenencia ordenada y jerarquizada, sino ser ante todo un pueblo que camina en la historia. No importa hacia dónde se va: lo que importa es ir juntos. Y por «ir juntos» no se entiende compartir un conjunto de verdades doctrinales, sino compartir emociones suprimiendo toda agresividad, toda descalificación, todo juicio moral condenatorio y aceptando al otro en su diferencia: cultural, sexual, política, racial, religiosa. En esa actitud de acogida, para el modelo moderno la función de la iglesia es procurar que los musulmanes sean buenos musulmanes, que los judíos sean buenos judíos y los budistas buenos budistas, cediendo muchas veces los propios espacios para que ellos puedan celebrar su culto. Eso constituye, para ellos, el éxtasis de la comunión.
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