La multiplicación de los panes: La Eucaristía
Tres veces al año, la Iglesia pone ante nosotros el Evangelio que acabamos de escuchar: el Evangelio de la multiplicación de los panes. Y siempre lo hace en relación con lo que estamos celebrando, a saber, la Santa Misa: la renovación del Sacrificio de la Cruz, cuyo fruto es la Eucaristía, el sacramento que contiene verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo.
El Evangelio nos habla de un alimento que no solo no se agota, sino que incluso sobra en abundancia. Este es el simbolismo de los panes y los peces, representado tantas veces en las catacumbas de Roma.
La multitud tenía hambre, pero no decía nada. Seguía a Cristo durante días enteros, olvidándose incluso de comer, porque era alimentada por la Palabra de Dios; por esa Palabra que, como dice el salmista, «es más dulce que la miel» (Sal 19,10)
De hecho, no es la multitud, sino los discípulos, quienes recuerdan al Señor que el pueblo tiene hambre, aunque Él sabía perfectamente que «no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios», como había respondido al diablo en el desierto.
¡Qué cautivados debían de estar, escuchando las palabras que salían de la boca del Señor!
Cuando alguien encuentra verdadero deleite en algo, incluso puede olvidarse de comer.
Pero el Señor, después de alimentar sus almas con su Palabra, quiso también alimentar sus cuerpos. Y multiplicó los panes.
Ahora bien, aquel milagro no terminaba allí. La multiplicación de los panes preparaba el camino para otro alimento mucho mayor.
Por eso, después de la multiplicación, Cristo diría: «Yo soy el Pan de Vida».
Ya no hablaba del pan que había multiplicado, sino del Pan de los Ángeles: de su propio Cuerpo.
¿Y por qué quien coma de ese Pan nunca volverá a tener hambre ni sed? Porque la Eucaristía es medicina para el alma de quien la recibe dignamente, pero condenación para quien la recibe indignamente.
He aquí, pues, la primera gran enseñanza del Evangelio de hoy: el pan multiplicado es figura de la Eucaristía.
Y la Eucaristía no es un mero símbolo. Es Jesucristo mismo. Es por este Cuerpo, reservado en el Sagrario, que la lámpara roja del Santísimo, siempre encendida en nuestras iglesias, significa que Cristo está verdaderamente presente allí. Y por eso, desde niños, se nos enseñó a hacer la genuflexión al entrar en una iglesia o al pasar delante de Él.
Por eso guardamos silencio en nuestras iglesias: porque son lugares sagrados donde habita la Presencia Real de Nuestro Señor. Porque Jesús está verdaderamente presente en el Sacramento de la Eucaristía, lo tratamos con reverencia.
Sin embargo, no todos creen esto. Y alguien podría decirme:
– «Claro, Padre. Los judíos no creen en la Eucaristía; tampoco los ateos, los musulmanes o los budistas…».Eso es cierto, porque ellos, pobres, no tienen la fe. Pero no son los únicos. ¡Muchos católicos tampoco creen en la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía!
¿Y quién dice esto?
Una conocida encuesta realizada aquí, en los Estados Unidos, hace apenas siete años, en 2019. La encuesta, realizada por el Pew Research Center, reveló que solo el 31 % de los católicos estadounidenses cree que, después de la consagración, el pan se convierte en el Cuerpo y el vino en la Sangre del Señor.
Es decir, no profesan la fe católica sobre la Eucaristía, sino una creencia protestante.
Sin embargo, Cristo dijo exactamente lo contrario en la Última Cena: «Esto es mi Cuerpo…». «Este es el cáliz de mi Sangre…»
No dijo: «Esto simboliza mi Cuerpo». No dijo: «Esto representa mi Sangre». Dijo: ¡esto ES!
Esta es la fe católica. Después de la consagración ya no hay pan ni vino, sino el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, aunque permanezcan las apariencias de pan y vino.
¿Y cuál es la consecuencia de que tantos católicos no crean en la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía?
Es muy simple. Lo recibirán sin el debido discernimiento. Lo recibirán sin buscar una conversión sincera. Lo recibirán como si fuera un caramelo, una galleta o cualquier otra cosa. Y se comportarán en la iglesia como si estuvieran en un cine… Y por eso tienen lugar tantas profanaciones de la Eucaristía: porque muchos ni siquiera creen. Y no siempre por malicia, sino porque hemos recibido una mala catequesis. O porque la hemos olvidado.
Por eso debemos preguntarnos nuevamente: Si Cristo está verdaderamente presente en la Eucaristía, como nos enseñaron nuestros padres, ¿cómo debemos recibirlo?
¿Con qué reverencia? ¿Con qué recogimiento? ¿Cómo debemos preparar nuestras almas para recibirlo? Aquí encontramos la segunda gran enseñanza: no basta con creer que Jesús está presente. También debemos recibirlo dignamente.
Cristo mismo dijo: «Yo soy el Pan de Vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá jamás sed» (Jn 6,35). Por eso debemos esforzarnos por recibir la Sagrada Comunión con el alma en estado de gracia. De lo contrario, como dice san Pablo: «Quien come y bebe el Cuerpo y la Sangre del Señor indignamente, come y bebe su propia condenación» (cf. 1 Co 11,27-29).
En otras palabras, debemos acercarnos a la Sagrada Comunión sin tener conciencia de pecado mortal; y si tenemos conciencia de pecado mortal, debemos acudir primero al Sacramento de la Confesión.
Esta es la primera disposición: estar en gracia de Dios.
Pero existe también una segunda disposición: recibir la Comunión con reverencia y respeto, sabiendo que es al Señor a quien recibimos, y no cualquier cosa. Es Dios mismo ante quien me arrodillo cuando entro en la iglesia. Es el milagro del Cuerpo entregado por nosotros. Es el milagro que, si me dispongo debidamente, tanto exterior como interiormente, puede santificarme.
Como solía decir san Francisco de Sales:
«Una sola Comunión bien hecha bastaría para hacernos santos».
Solo una.
Una sola Comunión bien hecha bastaría para comenzar a abandonar la lujuria, la ira, el orgullo, la impaciencia y la vanidad. Ahora bien, ¿por qué recibimos tantas veces la Comunión y seguimos siendo los mismos? Porque la Eucaristía no actúa mágicamente. La gracia de Dios obra según nuestras disposiciones.
Si recibo al Señor distraídamente, sin deseo de convertirme, sin amor, sin recogimiento y sin verdaderos propósitos de santidad, entonces pongo obstáculos a la gracia. ¿Cómo puedo esperar que el vaso se llene si yo mismo limito su capacidad con mi cobardía, mi tibieza y mi falta de preparación para recibir al Señor? Por eso la Santa Madre Iglesia, en cada Misa, antes de que el sacerdote comulgue, lo obliga a rezar en silencio una hermosa oración como preparación inmediata para la Comunión.
Es una oración que el sacerdote dice en voz baja, no públicamente.
La reza en secreto, para disponerse a recibir al Rey de reyes.
Se las comparto:
«Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, diste con tu muerte la vida al mundo: líbrame, por este tu santísimo Cuerpo y Sangre, de todas mis culpas y de todo mal; concédeme cumplir siempre tus mandamientos y nunca permitas que me aparte de ti…
Que la recepción de tu Cuerpo y de tu Sangre, Señor Jesucristo, no sea para mí motivo de juicio y condenación, sino que, por tu bondad, me aproveche para defensa del alma y del cuerpo y como remedio saludable.»
Por eso también, antes de recibir la Sagrada Comunión, repetimos las palabras del centurión:
«Señor, no soy digno de que entres en mi casa…».
Porque… ¿Qué enamorado no se prepara para encontrarse con la persona que ama? ¿Qué siervo no viste sus mejores ropas para presentarse ante su rey? ¿Qué hijo no busca las mejores palabras al pedir un favor a su padre? Si nos preparamos para encontrarnos con una persona importante, ¡cuánto más debemos prepararnos para recibir al mismo Dios!
Y esta preparación debe ser interior, pero también exterior. El cuerpo expresa aquello que el alma cree. Por eso nos arrodillamos. Por eso hacemos la genuflexión. Por eso guardamos silencio. Por eso recibimos al Señor con cuidado y reverencia.
Creo haber mencionado ya que he tenido malas experiencias en otras parroquias, y cómo la Iglesia siempre ha sido muy cuidadosa al distribuir la Sagrada Comunión, para evitar que se pierdan partículas del Cuerpo del Señor o que exista cualquier peligro de profanación.
Por eso les pido que sean extremadamente cuidadosos al recibir al Señor. No se trata de un asunto secundario. Es una cuestión de fe en Nuestro Señor. Porque, si verdaderamente creemos que Él es Dios, debemos tratarlo como Dios.
Jesús multiplicó los panes, y quiere multiplicar sus gracias por medio de su Cuerpo.
Quiere que ese diamante embellezca y eleve el vaso que lo recibe. Quiere alimentarnos. Quiere sanarnos. Quiere fortalecernos. Quiere santificarnos. Pero debemos recibirlo con fe, en estado de gracia y con la mayor reverencia posible.
Por tanto, en esta Santa Misa hagamos el firme y santo propósito de aprovechar cada Comunión como si fuera la primera, la única y la última Comunión de nuestra vida, para que nos conduzca a la Vida Eterna.
Amén.
P. Javier Olivera Ravasi, SE
San Francisco, 2 de Agosto de 2026

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