Rezar con nuestros hijos, ¡Comencemos cuanto antes!

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Oímos con frecuencia que, para enseñar las verdades de la fe a nuestros hijos, «¡hay que esperar a que sean capaces de comprender!». Así se levanta un muro que impide el descubrimiento de Dios por parte de los niños, y se retrasa el despertar y la educación de su fe.

Es cierto que en los primeros años de vida el niño no funciona con un modo de pensamiento completamente racional: por eso mismo de «la edad de la razón» a partir de los 7 años aproximadamente. Pero si esperamos el despertar completo de la razón para comenzar la enseñanza de la fe, se pierden, de hecho, los años más preciosos, en los que el niño es más receptivo a las cosas de Dios.

Antes de los siete años, en efecto, su modo de pensar no es completamente racional, sino afectivo, intuitivo: es asombroso comprobar hasta qué punto los más pequeños tienen espontáneamente el sentido de las cosas invisibles, del misterio: «el sentido de Dios». Tienen verdaderamente una capacidad muy particular para «captar» lo divino.

Y esta es la razón profunda por la que es tan importante comenzar muy pronto a ponerlos en contacto con Dios:

  • Primero, por la oración, mucho antes incluso de que sepan hablar.
  • Después, poco a poco, mediante una primerísima enseñanza de las verdades de la fe.

Comprendemos así mejor por qué la Iglesia siempre ha insistido en que la formación religiosa comience desde el inicio de la vida (el niño esperado en una atmósfera de oración, por una madre alimentada espiritualmente de la Eucaristía, ¿no participa él mismo, de cierta manera, de esta vida divina?).

Un sabio sacerdote hacía estas recomendaciones a una joven madre:

«Cuando quiera usted, madre cristiana, hablarle a su hijo del buen Dios, procure que su espíritu no se fije en ningún objeto sensible, sino solamente en escuchar bien las palabras que usted dice: el buen Dios. Dígalas siempre con una actitud religiosa y un sentimiento profundo de respeto y de adoración. Su hijo, al principio, no comprenderá las razones de ese respeto, pero quedará tocado, penetrado por él. Su actitud, el tono de su voz servirán maravillosamente para hacer nacer en él la idea de Dios, de su grandeza, de su bondad. La religión pasará así del corazón de la madre al corazón del niño; y esto será una alegría muy grande para la madre y para el niño. […] Desde el primer año es necesario que el niño oiga pronunciar el nombre del Buen Dios. En cuanto un niño haya comenzado a hablar, la madre cristiana le hará pronunciar los santos nombres de Jesús y de María. Así como le habrá enseñado a decir “Dios mío” juntando sus pequeñas manos, le enseñará igualmente a decir “Jesús”. Aprenderá este ejercicio viéndoselo hacer a su madre. Ella se hará niña con su niño, y hará religiosamente (jamás en broma) lo que quiera enseñarle religiosamente. […] Con su corazón, con su mirada, con su voz, una madre es todopoderosa sobre el hijo que Dios le ha dado.»

A los cuatro o cinco años basta con dar lo esencial de las grandes verdades de la fe en forma de simples afirmaciones. Es la edad de la confianza más total: ¡si Papá o Mamá lo dicen, es verdad! Pero la condición indispensable es que nosotros mismos vivamos verdaderamente de estas realidades invisibles, que sean para nosotros certezas y el sostén profundo de nuestra vida concreta. Entonces se «infundirán» sin esfuerzo en el corazón del niño y se arraigarán en él para toda la vida.

Otra condición indispensable es transmitirles esta enseñanza de una forma que no sea infantil, empleando palabras sencillas, concretas, exactas y, siempre que sea posible, palabras del Evangelio y el vocabulario tradicional de la Iglesia. Mediante un catecismo constantemente retomado y enriquecido a lo largo de su vida, el niño penetra cada vez más a fondo en el misterio de Cristo. No hay diferencia de naturaleza entre el catecismo de los pequeños y el de los adolescentes: lo que se da a los pequeños debe poder ser conservado por los mayores; de ahí la necesidad de proscribir toda puerilidad y todo acomodamiento momentáneo con la Verdad.

Para esta enseñanza, los padres cuentan a menudo demasiado con sus solas capacidades humanas, y no con la fuerza de la gracia del bautismo de sus hijos, que actúa en su alma. Ignorarlo es entonces una falta de fe de su parte.

Y no es respetar a un niño, por pequeño que sea, no creerlo capaz de acceder a la profundidad de los misterios divinos a través de las palabras indispensables.

Él tiene, al contrario, una intuición profunda de ellos: por eso hay que desarrollarla desde muy joven y darle la perspectiva de la vida del Cielo, que es nuestro verdadero destino y debe orientar toda nuestra educación.

Dios actúa desde el día de su bautismo en el alma del niño. No lo olvidemos.

Y no olvidemos tampoco que ese niño tiene un ángel custodio que vela sobre él, lo cuida, lo aconseja.

Y tiene también una Madre en el Cielo. «Si quieres ser mi hija, yo seré tu Madre», dijo un día la Virgen a santa Isabel de Hungría; «si quieres confiarte a mí, te enseñaré a amar». Y Nuestra Señora venía regularmente a conversar con ella, compartiéndole sus alegrías y sus penas a modo de ejemplo.

¡Oh, cómo les gustaría tener también a los padres cristianos esa gracia de que Nuestra Señora los tome de la mano! Pero… ¿están realmente seguros de no tenerla a disposición, esa mano tendida? ¿Hemos considerado alguna vez con atención que el Santo rosario, rezado con tanta frecuencia de manera maquinal, es en realidad una cadena que nos une al Cielo, una cuerda sólidamente anudada que nos ayuda en nuestra ruda escalada? Todos estos misterios que desgranamos meditando cada etapa, ¿no deberíamos considerarlos como las etapas de la vida, las páginas alegres o incluso dolorosas cuyos recuerdos evocamos por las tardes en familia? Así nos convertimos en confidentes de Nuestra Señora, como santa Isabel de Hungría, y si la dejamos obrar, ella nos contará cada día sus alegrías y sus penas para ayudarnos a vivir bien.

 

Con demasiada frecuencia dejamos a Nuestra Señora y a su Hijo en un pasado lejano, y no logramos hacer como esos pintores primitivos que integraron el pesebre en el paisaje de su propia época. Y nosotras, ¿sabremos decir a Nuestra Señora: «Ven y quédate con nosotros, en nuestra casa, en medio de nuestra familia»?

Si la Iglesia nos hace revivir las grandes horas cristianas a través del ciclo litúrgico, la «liturgia del rosario» nos recuerda cada día que Jesús nació en la pobreza; nos hace vivir la alegría de la Resurrección incluso en pleno invierno, cuando los días son cortos: «ahora…», ¡y en medio de nuestras dificultades cotidianas!

Cuántas gracias atrae hacia el hogar el rezo del Rosario rezado en familia. No se asusten si sus “Rosarios familiares” no son perfectos, alguno de los niños juega un poco, otro termina de poner la mesa, … la familia reza y el ambiente cambia porque Jesús y María se hacen allí presentes. Los frutos de los misterios nos repiten sin cesar, a nosotros los hombres, con el espíritu enredado en las preocupaciones, la virtud que debemos practicar cada día. Contemplo a la Santísima Virgen corriendo a ayudar a Isabel, y yo, ¿sabré correr al encuentro de mi prójimo que me necesita? Es muy difícil, pero, como un fruto que madura lentamente al sol, este ejercicio terminará por transformar nuestras almas. ¡Y nuestro rosario, como una cuerda, nos elevará hacia el cielo!

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P. José Ansaldi

Escrito por P. José Ansaldi

Sacerdote y misionero José G. Ansaldi nació el 19 de febrero de 1984 en Rosario, Argentina. Creció en el seno de una familia católica muy...

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