«Llegó el 10 de febrero de 1928, día de su entrada en la eternidad. No hubo ningún juicio ni le dieron tampoco la ocasión de defenderse. Lo sacaron con las manos atadas. Eran cerca de las once de la noche. Los verdugos eligieron esa hora porque no querían que nadie supiera lo que iban a hacer con ese muchacho. Con un cuchillo le cortaron lentamente la planta de los pies y lo obligaron a caminar descalzo sobre sal. Luego lo llevaron por un camino pedregoso en dirección al cementerio. En el trayecto, los soldados, queriendo hacerle renegar de su fe, lo golpeaban y empujaban y, como a un toro de lidia, con pequeños cuchillos puntiagudos le daban puñaladas por todo el cuerpo. A cada puñalada, Joselito gritaba con más fuerza todavía: «¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!». Las piedras del camino se tiñeron de sangre. Desde sus casas, la gente oyó los gritos y salió a ver lo que le hacían. (…) Uno de sus verdugos le promete salvarle la vida si grita «¡Muera Cristo Rey!»: el muchacho responde una vez más: «¡Viva Cristo Rey!». Querían matarlo a cuchilladas para evitar el ruido de los disparos. Al ver que no dejaba de gritar «¡Viva Cristo Rey!», uno de los soldados le asestó un culatazo tan fuerte que le fracturó la mandíbula. Al llegar al lugar del «Calvario», el cementerio, lo obligaron, a pesar de las pocas fuerzas que le quedaban, a cavar su propia tumba. Después, como no lograban hacerle renegar y, al contrario, proclamaba aún más fuerte su fe en Cristo Rey, el jefe de la guardia, exasperado, se acercó a Joselito, sacó su pistola y la descargó a quemarropa en plena cabeza. Sus últimas palabras fueron: «¡Viva Cristo Rey y santa María de Guadalupe!». Su cuerpo, bañado en sangre, se desplomó en el suelo. Echaron encima unas paladas de tierra y huyeron. Un papel, dentro de una botella, junto a su cuerpo, dejaba la prueba irrefutable de que un héroe de la Patria, un soldado de Cristo y un mártir de la Iglesia de apenas 14 años yacía aquí, en este lugar.»
Acabamos de escuchar el relato del martirio de Joselito, José Luis Sánchez del Río, mártir de Cristo Rey, canonizado el 16 de octubre de 2016 por el papa Francisco. Este relato es una muy buena introducción a la fiesta de Cristo Rey del universo y Señor de las naciones.
¿Por qué existe en la Iglesia católica una fiesta litúrgica de Cristo Rey?
Fue el papa Pío XI quien, en la encíclica «Quas Primas», instituyó la fiesta litúrgica de Cristo Rey, el 11 de diciembre de 1925. Él escribe:
«En la primera encíclica que, al comienzo de Nuestro pontificado, dirigimos a los obispos del mundo entero, buscábamos la causa íntima de las calamidades que, ante Nuestros ojos, abruman y afligen al género humano. Ahora bien, recordamos que proclamábamos abiertamente dos cosas: la una, que este desbordamiento de males sobre el universo provenía de que la mayoría de los hombres habían apartado a Jesucristo y su santísima ley de las costumbres de su vida individual, así como de su vida familiar y de su vida pública; la otra, que jamás podría brillar una firme esperanza de paz duradera entre los pueblos mientras los individuos y las naciones se negasen a reconocer y proclamar la soberanía de Nuestro Salvador. Por eso, después de haber afirmado que era necesario buscar la paz de Cristo por el reino de Cristo, declaramos Nuestra intención de trabajar en ello con todas Nuestras fuerzas; por el reino de Cristo, decíamos, porque, para restablecer y consolidar la paz, no veíamos medio más eficaz que restaurar la soberanía de Nuestro Señor (…) Nos toca ahora a Nos proveer a las necesidades de los tiempos presentes y aportar un remedio eficaz a la peste que ha corrompido a la sociedad humana. Lo hacemos prescribiendo al orbe católico el culto de Cristo Rey. La peste de nuestra época es el laicismo, como se le llama, con sus errores y sus empresas criminales. Como sabéis, Venerables Hermanos, este azote no apareció de repente; desde hacía mucho tiempo se incubaba en el seno de los Estados. En efecto, se comenzó por negar la soberanía de Cristo sobre todas las naciones; se negó a la Iglesia el derecho —consecuencia del derecho mismo de Cristo— de enseñar al género humano, de dictar leyes, de gobernar a los pueblos con miras a su bienaventuranza eterna. Luego, poco a poco, se equiparó la religión de Cristo a las falsas religiones y, sin la menor vergüenza, se la colocó al mismo nivel. Se la sometió después a la autoridad civil y se la entregó, por así decirlo, al arbitrio de los príncipes y gobernantes. Algunos llegaron hasta querer sustituir la religión divina por una religión natural o un simple sentimiento de religiosidad. Hubo incluso Estados que creyeron poder prescindir de Dios e hicieron consistir su religión en la irreligión y el olvido consciente y voluntario de Dios. Los frutos amarguísimos que ha dado, tantas veces y de manera tan persistente, esta apostasía de los individuos y de los Estados que abandonan a Cristo, Nos los deploramos en la encíclica Ubi arcano. Los deploramos de nuevo hoy. Frutos de esta apostasía son los gérmenes de odio sembrados por todas partes; los celos y rivalidades entre los pueblos, que mantienen las querellas internacionales y retrasan, todavía hoy, el advenimiento de una paz de reconciliación; las ambiciones desenfrenadas, que se cubren con frecuencia con la máscara del interés público y del amor a la patria, con sus tristes consecuencias: las discordias civiles, un egoísmo ciego y desmesurado que, no buscando sino satisfacciones y ventajas personales, aprecia todas las cosas por la medida de su propio interés. Frutos también de esta apostasía, la paz doméstica trastornada por el olvido de los deberes y la despreocupación de la conciencia; la unión y la estabilidad de las familias vacilantes; en fin, toda la sociedad conmovida y amenazada de ruina. La fiesta, en adelante anual, de Cristo Rey Nos da la más viva esperanza de apresurar el retorno tan deseable de la humanidad a su amantísimo Salvador.
La realeza de Cristo, ¿está afirmada en la Biblia?
Que Cristo es Rey es una verdad confirmada por numerosos pasajes de las Escrituras. Él es el Dominador surgido de Jacob (Números 34,19), el Rey establecido por el Padre sobre Sión, su monte santo, para recibir en herencia las naciones y extender su dominio hasta los confines de la tierra (Salmo 2), el verdadero Rey futuro de Israel, prefigurado, en el cántico nupcial, bajo los rasgos de un rey riquísimo y poderosísimo, a quien se dirigen estas palabras: Tu trono, oh Dios, está erigido para la eternidad; el cetro de tu realeza es un cetro de rectitud (Salmo 44,7). Pasemos por alto muchos pasajes semejantes; pero, en otro lugar, como para dibujar con más precisión los rasgos de Cristo, se predice que su reino no conocerá fronteras y será enriquecido con los tesoros de la justicia y de la paz: En sus días florecerá la justicia y abundará la paz… Dominará de mar a mar, desde el río hasta los confines de la tierra (Salmo 71,7-8).
A estos testimonios se añaden, aún más numerosos, los oráculos de los profetas, y en particular el conocido de Isaías: Un niño… nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. El principado ha sido puesto sobre sus hombros. Se le llamará Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre del siglo futuro, Príncipe de la paz. Su imperio se extenderá y gozará de una paz sin fin; se sentará en el trono de David y dominará sobre su reino, para establecerlo y afianzarlo en la justicia y la equidad, desde ahora y para siempre (Isaías 9,6-7). Los demás profetas no se expresan de otro modo. Así Jeremías, anunciando en la raza de David un germen de justicia, ese hijo de David que reinará como rey, será sabio y establecerá la justicia sobre la tierra (Jeremías 23,5). Así Daniel, prediciendo la constitución por el Dios del cielo de un reino que jamás será destruido… y que durará eternamente (Daniel 20,44); y poco después añade: Yo miraba, en una visión nocturna, y he aquí que, sobre las nubes del cielo, venía alguien semejante a un Hijo de hombre; llegó hasta el Anciano de días y lo presentaron ante él. Y este le dio el poder, el honor y la realeza; todos los pueblos, de todas las razas y lenguas, le servirán; su poder es un poder eterno, que no le será quitado, y su reino será incorruptible (Daniel 7,13-14). Así Zacarías, profetizando la entrada en Jerusalén, entre las aclamaciones de la multitud, del justo y salvador, el Rey lleno de mansedumbre, montado sobre una asna y sobre su pollino (Zacarías 9,9). ¿No han constatado y probado los santos evangelistas el cumplimiento de esta profecía?
Esta doctrina de Cristo Rey, Nos la acabamos de esbozar a partir de los libros del Antiguo Testamento; pero lejos de desaparecer en las páginas del Nuevo, queda en ellas confirmada de manera magnífica y en términos espléndidos. Recordemos solamente el mensaje del arcángel que anuncia a la Virgen que dará a luz un hijo; que a este hijo el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; que reinará eternamente sobre la casa de Jacob y que su reino no tendrá fin (Lc 1,32-33). Escuchemos ahora los testimonios de Cristo mismo sobre su soberanía. En cuanto se presenta la ocasión —en su último discurso al pueblo sobre las recompensas o los castigos reservados en la vida eterna a los justos o a los culpables; en su respuesta al gobernador romano que le preguntaba públicamente si era rey; después de su resurrección, cuando confía a los Apóstoles el encargo de enseñar y bautizar a todas las naciones— reivindica el título de rey (Mateo 25,31-40), proclama públicamente que es rey (Juan 18,37), declara solemnemente que todo poder le ha sido dado en el cielo y en la tierra (Mateo 28,18). ¿Qué quiere decir con ello sino afirmar la extensión de su poder y la inmensidad de su reino?
Siendo así, ¿hay que extrañarse de que san Juan lo llame el Príncipe de los reyes de la tierra (Apocalipsis 1,5) o de que, apareciendo al Apóstol en visiones proféticas, lleve escrito sobre su vestido y sobre su muslo: Rey de reyes y Señor de señores (Apocalipsis 29,16)? En efecto, el Padre ha constituido a Cristo heredero de todas las cosas (Hebreos 1,1); es preciso que reine hasta el fin de los tiempos, cuando ponga a todos sus enemigos bajo los pies de Dios y Padre (1 Corintios 15,25)».
¿Por qué Jesús es Rey?
Desde hace mucho tiempo, en el lenguaje corriente, se da a Cristo el título de Rey en sentido metafórico; lo es, en efecto, por la eminente y suprema perfección con que supera a todas las criaturas. Así, se dice que reina sobre las inteligencias humanas, por la penetración de su espíritu y la amplitud de su ciencia, pero sobre todo porque es la Verdad y de él deben los hombres recibir la verdad y aceptarla dócilmente. Se dice que reina sobre las voluntades humanas, porque en él, a la santidad de la voluntad divina corresponde una perfecta rectitud y sumisión de la voluntad humana, pero también porque, bajo sus inspiraciones e impulsos, nuestra voluntad libre se entusiasma por las causas más nobles. Se dice, en fin, que es el Rey de los corazones, a causa de su inconcebible caridad, que sobrepasa toda comprensión humana, y a causa de su dulzura y bondad, que atraen hacia él todos los corazones: pues en todo el género humano nunca ha habido ni habrá jamás nadie que sea amado como Cristo Jesús.
Pero, para entrar más a fondo en Nuestro tema, es de toda evidencia que el nombre y el poder de rey deben atribuirse, en el sentido propio de la palabra, a Cristo en su humanidad; pues solo de Cristo en cuanto hombre se puede decir: Recibió del Padre el poder, el honor y la realeza (Daniel 7,13-14); como Verbo de Dios, consustancial al Padre, no puede dejar de tener todo en común con el Padre y, por consiguiente, la soberanía suprema y absoluta sobre todas las criaturas.
- Es Rey por derecho de naturaleza.
En cuanto al fundamento de esta dignidad y de este poder de Nuestro Señor, lo indica muy bien san Cirilo de Alejandría: «Para decirlo en una palabra —dice—, la soberanía que Jesús posee sobre todas las criaturas, no la ha arrebatado por la fuerza, no la ha recibido de una mano extraña, sino que es el privilegio de su esencia y de su naturaleza» (S. Cirilo de Alejandría, In Lucam X, PG LXXII 666). En otras palabras, su poder real descansa sobre esa admirable unión que se llama unión hipostática, unión de la naturaleza humana de Cristo con su naturaleza divina. De ello resulta que los ángeles y los hombres no solo deben adorar a Cristo como Dios, sino también obedecer y estar sometidos a la autoridad que posee como hombre; pues, por el solo título de la unión hipostática, Cristo tiene poder sobre todas las criaturas.
- Es Rey por derecho adquirido.
Pero ¿qué hay más deleitoso, más suave, que pensar que Cristo, además, reina sobre nosotros no solo por derecho de naturaleza, sino también por derecho adquirido, puesto que nos ha rescatado? ¡Ah, ojalá todos los hombres que lo olvidan recordaran el precio que hemos costado a nuestro Salvador: No habéis sido rescatados con oro o plata corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, sangre de un cordero sin tacha y sin defecto (1 Pedro 1,18-19). Cristo nos ha comprado a gran precio (1 Corintios 6,20); ya no nos pertenecemos. Nuestros cuerpos mismos son miembros de Cristo (1 Corintios 6,15).
¿Cuál es la naturaleza de su realeza?
«Es casi inútil recordar que comporta los tres poderes, sin los cuales apenas se podría concebir la autoridad real. Los textos de las Sagradas Letras que hemos aportado como testimonio de la soberanía universal de nuestro Redentor lo prueban sobradamente. Es, además, un dogma de fe católica que Cristo Jesús ha sido dado a los hombres a la vez como Redentor, de quien deben esperar su salvación, y como Legislador, a quien están obligados a obedecer. Los evangelistas no se limitan a afirmar que Cristo legisló, sino que nos lo muestran en el ejercicio mismo de su poder legislativo. A todos los que observan sus preceptos, el divino Maestro declara, en diversas ocasiones y de diversas maneras, que probarán así su amor hacia él y que permanecerán en su amor. En cuanto al poder judicial, Jesús en persona afirma haberlo recibido del Padre, en una respuesta a los judíos que lo acusaban de haber violado el sábado al curar milagrosamente a un enfermo durante ese día de descanso: «El Padre —les dice— no juzga a nadie, sino que ha dado al Hijo todo el juicio» (Jn 5,22). En este poder judicial está comprendido también —pues es inseparable de él— el derecho de recompensar o castigar a los hombres, incluso durante su vida. Hay que atribuir además a Cristo el poder ejecutivo: pues todos deben inevitablemente someterse a su imperio; nadie podrá evitar, si es rebelde, la condenación y los suplicios que Jesús ha anunciado.
Sin embargo, este reino es ante todo espiritual y concierne ante todo al orden espiritual: las palabras de la Biblia que hemos referido más arriba son una prueba evidente de ello, que viene a confirmar, una y otra vez, la actitud de Cristo Señor. Cuando los judíos, e incluso los Apóstoles, se imaginan erróneamente que el Mesías liberará a su pueblo y restaurará el reino de Israel, él destruye esta ilusión y les quita esta vana esperanza; cuando la multitud que lo rodea quiere, en su entusiasmo, proclamarlo rey, él se sustrae a este título y a estos honores huyendo y manteniéndose oculto; ante el gobernador romano, además, declara que su reino no es de este mundo. En este reino, tal como nos lo pintan los Evangelios, los hombres se preparan para entrar haciendo penitencia. Nadie puede entrar en él sin la fe y sin el bautismo; pero el bautismo, aun siendo un rito exterior, figura y realiza una regeneración íntima. Este reino se opone únicamente al reino de Satanás y al poder de las tinieblas; a sus adeptos les pide no solo que desprendan su corazón de las riquezas y de los bienes terrenos, que practiquen la mansedumbre y tengan hambre y sed de justicia, sino también que se nieguen a sí mismos y lleven su cruz. Por la Iglesia, Cristo, como Redentor, ha derramado el precio de su sangre; para expiar nuestros pecados, como Sacerdote, se ofreció a sí mismo y se ofrece perpetuamente como víctima: ¿quién no ve que su cargo real debe revestir el carácter espiritual y participar de la naturaleza sobrenatural de esta doble función?
Por otra parte, sería un error grosero negar a Cristo-Hombre la soberanía sobre las cosas temporales, cualesquiera que sean: recibe del Padre sobre las criaturas un derecho absoluto, que le permite disponer a su gusto de todas ellas. No obstante, mientras vivió sobre la tierra, se abstuvo totalmente de ejercer este dominio terrenal, desdeñó la posesión y administración de las cosas humanas, dejando ese cuidado a sus poseedores. Lo que hizo entonces, lo continúa hoy. Pensamiento expresado de manera muy feliz en la liturgia: «No arrebata las diademas efímeras quien distribuye las coronas del cielo» (Non eripit mortalia, qui regna dat coelestia, Oficio de la fiesta de la Epifanía, himno Crudelis Herodes).
Así pues, el soberano dominio de nuestro Redentor abraza la totalidad de los hombres. Sobre este punto, hacemos con gusto Nuestras las palabras de Nuestro Predecesor León XIII, de inmortal memoria: «Su imperio no se extiende exclusivamente a las naciones católicas ni solo a los cristianos bautizados, que pertenecen jurídicamente a la Iglesia aunque se hallen extraviados lejos de ella por opiniones erróneas o separados de su comunión por el cisma; abarca también, y sin excepción, a todos los hombres, incluso ajenos a la fe cristiana, de suerte que el imperio de Cristo Jesús es, en estricta verdad, la universalidad del género humano» (León XIII, Carta encíclica Annum sacrum, 25 de mayo de 1899, AAS XXXI, 647).
Y, a este respecto, no hay lugar para hacer ninguna diferencia entre los individuos, las familias y los Estados; pues los hombres no están menos sometidos a la autoridad de Cristo en su vida colectiva que en su vida privada. Él es la fuente única de salvación, tanto de las sociedades como de los individuos: En ningún otro hay salvación; ningún otro nombre ha sido dado bajo el cielo a los hombres por el cual debamos ser salvos (Hechos 4,12). (…) ¡Oh, quién podrá decir la felicidad de la humanidad si todos, individuos, familias, Estados, se dejaran gobernar por Cristo!
Conclusión
Si todo poder ha sido dado a Cristo Señor en el cielo y en la tierra; si los hombres, rescatados por su preciosísima sangre, se convierten a un nuevo título en súbditos de su imperio; si, en fin, este poder abarca la naturaleza humana entera, debe concluirse evidentemente que ninguna de nuestras facultades puede sustraerse a esta soberanía.
Es necesario, pues, que reine sobre nuestras inteligencias: debemos creer, con completa sumisión, con una adhesión firme y constante, las verdades reveladas y las enseñanzas de Cristo. Es necesario que reine sobre nuestras voluntades: debemos observar las leyes y los mandamientos de Dios.
Es necesario que reine sobre nuestros corazones: debemos sacrificar nuestros afectos naturales y amar a Dios por encima de todas las cosas y unirnos a él solo. Es necesario que reine sobre nuestros cuerpos y sobre nuestros miembros: debemos hacerlos servir de instrumentos o, para emplear el lenguaje del apóstol san Pablo, de armas de justicia ofrecidas a Dios para mantener la santidad interior de nuestras almas.
Tomad, Señor, y recibid
Toma, Señor, y recibe toda mi libertad, mi memoria, mi inteligencia y toda mi voluntad; todo lo que tengo y poseo, Tú me lo has dado: a Ti, Señor, lo devuelvo. Todo es Tuyo, dispón de ello según Tu entera voluntad. Dame Tu amor y Tu gracia: eso me basta.