San Francisco de Asís: el santo real frente a la caricatura moderna. A 800 años de su muerte

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P. Javier Olivera Ravasi

Queridos hermanos: hoy celebramos a uno de los santos más conocidos de toda la historia de la Iglesia y, paradójicamente, quizás también a uno de los más desconocidos: San Francisco de Asís. Todos tenemos alguna imagen suya en la cabeza: Francisco con los pajaritos, Francisco con el lobo, Francisco con el hermano sol y la hermana luna. Pero ¿quién fue realmente San Francisco?

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Francisco nació en Asís, en la región italiana de Umbría, hacia 1181 o 1182. Era hijo de Pietro Bernardone, un rico comerciante de telas, y durante su juventud soñó con aquello con lo que podía soñar un joven de su condición: las fiestas, las aventuras, la caballería y la gloria militar. Participó incluso en la guerra entre Asís y Perugia, donde fue hecho prisionero, hasta que una enfermedad y una profunda crisis espiritual comenzaron lentamente a cambiar su vida.

Hacia 1206 renunció públicamente a la herencia paterna y abrazó una vida de pobreza y penitencia. Poco después, oyendo el Evangelio del envío de los Apóstoles, comprendió lo que Dios le pedía: vivir radicalmente el Evangelio. Algunos comenzaron a seguirlo; viajó a Roma para obtener la aprobación del Papa y de allí surgió la Orden de los Hermanos Menores, los franciscanos. En 1224 recibió los estigmas y murió apenas dos años después, en 1226, con apenas 44 años.

Una vida relativamente corta, entonces, pero una vida que cambió la historia de la Iglesia. Ahora bien, cuando llega el 4 de octubre, fiesta de San Francisco, comienza también la habitual reinterpretación del personaje. Porque cada época tiene una curiosa manía: inventarse un San Francisco a su gusto, proyectando sobre él las propias ideas, las propias preocupaciones y, sobre todo, las propias ideologías.

Y así tenemos al San Francisco pacifista, al San Francisco ecologista, al San Francisco vegetariano, al San Francisco revolucionario, al San Francisco enemigo de las estructuras de la Iglesia y al San Francisco precursor del diálogo interreligioso moderno. Sólo falta el San Francisco influencer y ya tenemos el catálogo completo… Pero hay un pequeño problema: ese San Francisco no existió.

Esto no es algo nuevo. Ya después de su muerte comenzaron las interpretaciones de su figura y, más adelante, especialmente a partir del Romanticismo, se intentó presentar a Francisco como una especie de rebelde frente a la Iglesia de su tiempo. Es el viejo mecanismo de siempre: interpretar el pasado según las categorías del presente, haciendo decir a los muertos aquello que nosotros queremos escuchar.

Como decía aquella conocida frase de Orwell, quien domina el presente intenta dominar el pasado y, dominando el pasado, intenta también dominar el futuro. Por eso, si queremos saber quién fue San Francisco, habrá que hacer algo bastante revolucionario para nuestra época: leer a San Francisco o a quienes lo conocieron.

Chesterton, en su magnífica biografía del santo de Asís, comprendió perfectamente esta cuestión: los santos no son aquellos que mejor se acomodan al espíritu de su tiempo, sino muchas veces aquellos que más radicalmente lo contradicen. Y esto vale también para nosotros. El santo no es el hombre que se adapta perfectamente al mundo, sino el hombre que se adapta perfectamente a Dios y que, precisamente por eso, termina siendo una contradicción viviente para el mundo.

San Francisco no era buenista

Primera cosa que habría que decir: San Francisco no era una especie de buenista al estilo moderno. En una de sus reglas habla de aquellos que «aman las tinieblas más que la luz» y se niegan a observar los mandamientos de Dios. Y cuando habla de quien muere en pecado mortal utiliza palabras durísimas: habla de la pérdida del alma y del castigo eterno. Sí, San Francisco. El de los pajaritos, el lobo, el hermano sol y la hermana luna.

San Francisco conocía perfectamente las postrimerías: «Muerte, juicio, infierno y gloria, ten, cristiano, en la memoria». No decía: “¿Quién soy yo para juzgar?” o  “Dios es bueno, Dios es misericordioso, cada uno viva como quiera y al final nos encontraremos todos en el cielo”. No. Porque Francisco sabía algo elemental que nosotros muchas veces hemos olvidado: si existe el cielo, existe también la posibilidad de perderlo.

Y precisamente porque amaba a las almas quería salvarlas. Hoy confundimos muchas veces la caridad con no decir nada, como si amar a alguien significase confirmar todas sus decisiones. Pero si una madre ve a su hijo caminando hacia un precipicio, no demuestra su amor diciéndole: «Respeto tu camino y tus decisiones». Corre detrás de él, grita y trata de detenerlo. ¿Por qué? No porque lo odie, sino precisamente porque lo ama.

¿Y el diálogo interreligioso?

Por eso tenemos también aquel famoso episodio del encuentro con el sultán durante la Quinta Cruzada. Hoy se lo presenta muchas veces de esta manera: Francisco, hombre abierto y tolerante, se encuentra con un musulmán y ambos descubren que, en definitiva, cada uno tiene su verdad. Muy bonito. El único problema es que Francisco fue hasta allí, entre otras cosas, para intentar convertirlo.

Según la tradición transmitida por uno de sus compañeros, fray Illuminato de Rieti, Francisco defendió delante del sultán la verdad de la fe cristiana. Y cuando enviaba a sus frailes a tierras musulmanas, les pedía anunciar la fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, para que los paganos pudiesen conocer a Cristo, recibir el bautismo y salvarse. Algunos de aquellos primeros franciscanos terminaron precisamente dando su sangre por esa predicación a mano de los moros.

¿Era un fanático San Francisco? No. Era católico. Creía que Jesucristo es verdaderamente Dios y que había venido al mundo para salvarnos. Y si uno cree realmente eso, entonces intentar que otra persona conozca a Cristo no es un acto de odio ni una falta de respeto: es un acto de caridad, porque uno desea ofrecerle al otro aquello que considera el mayor tesoro que posee.

El verdadero diálogo cristiano, por eso, jamás puede significar: «Tú tienes tu verdad y yo tengo la mía». Cristo no dijo: «Yo soy una verdad entre muchas». Dijo: «Yo soy el Camino, LA VERDAD y la Vida» (Jn 14,6). Por eso Francisco enviaba misioneros, por eso aquellos misioneros predicaban y por eso algunos de ellos fueron mártires: porque querían llevar a Cristo hasta los confines de la tierra.

Tampoco era un “revolucionario”

Otra cuestión. Como Francisco provenía de una familia rica y abandonó voluntariamente sus riquezas, algunos han querido convertirlo en una especie de revolucionario comunista medieval. Algo así como el Che Guevara. Pero existe una diferencia bastante importante entre renunciar a mis propios bienes y renunciar a los bienes de los demás. San Francisco hizo lo primero; jamás pretendió hacer lo segundo.

Francisco no decía al rico: «Tú tienes demasiado, dame tus cosas para que yo pueda repartirlas». Francisco decía: «Yo quiero ser pobre porque Cristo se hizo pobre». Incluso enseñaba que no era lícito apropiarse de los bienes ajenos para distribuirlos entre los necesitados, porque sabía perfectamente que no puede hacerse un mal para conseguir un bien.

La pobreza franciscana, por tanto, no nace del resentimiento contra los ricos, de la lucha de clases ni de una teoría económica. Nace de algo muchísimo más sencillo y, al mismo tiempo, muchísimo más difícil: del deseo de parecerse a Jesucristo. Cristo nació pobre; Francisco quiso ser pobre. Cristo no tenía dónde reclinar la cabeza; Francisco quiso desprenderse de todo. No era Marx. Era Francisco.

¿Y el San Francisco ecologista?

Otra de las caricaturas modernas consiste en presentarlo como una especie de precursor del ecologismo contemporáneo. Como hablaba del hermano sol, de la hermana luna, de la hermana agua y de la hermana tierra, entonces algunos imaginan un San Francisco protoecologista, vegetariano, vegano y casi devoto de la Pachamama. Pero Francisco llamaba hermana a la creación precisamente porque sabía que la creación no era Dios.

Cuando contemplaba el sol, se remontaba al Creador del sol; cuando contemplaba una flor, se remontaba a la Belleza que había creado esa flor; cuando escuchaba a los pájaros, su alma se elevaba hacia Aquel que había creado los pájaros. Es decir, Francisco hacía lo que hace toda inteligencia verdaderamente contemplativa: del efecto se remontaba a la causa, de la criatura al Creador.

Y tan poco vegetariano era que, hablando de la Navidad, llegó a decir que, si las paredes pudiesen comer carne, habría que darles carne también. No parece precisamente el manifiesto fundacional del veganismo. Francisco sabía que las cosas creadas habían sido puestas por Dios al servicio del hombre y que debían utilizarse rectamente, con gratitud, reconociendo siempre en ellas la obra del Creador.

Francisco y Clara

Y llegamos a otra de esas cosas que resultan francamente delirantes: el supuesto romance entre San Francisco y Santa Clara. Nuestro tiempo está tan acostumbrado a interpretar toda relación entre un hombre y una mujer en clave sexual que le resulta casi imposible salir del esquema.

Si San Francisco y Santa Clara hubiesen tenido alguna cosa, San Francisco realmente hubiera sido un tremendo pederasta, un pedófilo. ¿Por qué? Porque San Francisco tenía 20 años cuando Santa Clara tenía apenas 8 o 9. Santa Clara quedó, eso sí, fascinada por la radicalidad evangélica de Francisco; por eso abandonó todo, abrazando una vida durísima de pobreza, sacrificio y penitencia, como monja de clausura.

Por eso, pretender convertir semejante relación en una novela romántica significa simplemente proyectar sobre el siglo XIII los ojos hipersexualizados del siglo XXI. Y, como suele suceder, cuando uno no conoce la historia termina inventándola.

Entonces, ¿quién fue San Francisco?

Si San Francisco no fue el ecologista, ni el pacifista, ni el revolucionario, ni el indiferentista religioso que tantas veces nos presentan, ¿quién fue entonces? La respuesta es muchísimo más sencilla: un hombre que se enamoró perdidamente de Jesucristo. Ése es todo el secreto de Francisco: Cristo pobre, Cristo crucificado, Cristo en la Eucaristía, Cristo en el leproso, Cristo en la Iglesia y Cristo en las almas que debían salvarse.

Por eso, cuando escuchó en el Evangelio: «No llevéis oro ni plata, ni dos túnicas», no organizó un congreso para estudiar qué habría querido decir Jesús. Lo hizo. Cuando Cristo dijo: «Vende cuanto tienes y sígueme», Francisco lo hizo. Cuando Cristo dijo: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio», Francisco lo hizo. Y cuando Cristo habló de la Cruz, Francisco abrazó la Cruz.

Y tanto quiso parecerse a Cristo que, dos años antes de morir, retirado en el monte Alvernia, recibió en su propio cuerpo los estigmas, las llagas de la Pasión. Por eso quizás la pregunta que deberíamos hacernos hoy no es: «¿Me gusta San Francisco?». Porque ¿a quién no le gusta San Francisco? La pregunta verdadera es otra: ¿estoy dispuesto a tomarme el Evangelio tan en serio como él?

Porque es muy fácil tener una estatuita de San Francisco en el jardín como si tuviésemos un gnomo…; lo difícil es escuchar lo que San Francisco decía. Es muy fácil admirarlo hablando con los pájaros; lo difícil es escucharlo hablar del pecado mortal. Es muy fácil admirarlo abrazando al leproso; lo difícil es comprender que lo abrazaba por amor a Jesucristo. Es muy fácil admirar a los santos. Lo difícil es querer ser santo.

«Francisco, repara mi Iglesia»

Hay finalmente un episodio de su vida que resume quizás todo lo anterior. Francisco estaba rezando delante del crucifijo de San Damián cuando escuchó aquellas famosas palabras de Cristo: «Francisco, ve y repara mi Iglesia». Al comienzo tomó aquellas palabras literalmente y comenzó a reparar pequeñas iglesias que estaban materialmente en ruinas. Piedra sobre piedra, comenzó sencillamente por aquello que tenía delante.

Pero después comprendió que había algo muchísimo más grande. La Iglesia necesitaba también una profunda renovación espiritual. Ahora bien, ¿cómo reparó Francisco la Iglesia? ¿Fundando una Iglesia paralela? ¿Rebelándose contra el Papa? ¿Declarando que la Iglesia institucional había traicionado el Evangelio y que había que comenzar nuevamente desde cero? No. Francisco fue a Roma, pidió la aprobación del Papa y comenzó a hacer algo tremendamente revolucionario: se hizo santo.

Ésa fue su reforma. Porque la verdadera reforma católica comienza siempre de la misma manera: no diciendo «que cambie el otro», sino diciendo «tengo que cambiar yo». A veces miramos la crisis de la Iglesia y sabemos perfectamente todo lo que deberían hacer el Papa, los obispos, los sacerdotes, los religiosos, los laicos y, por supuesto, todos aquellos que no piensan como nosotros. San Francisco comenzó por otro lugar: comenzó por Francisco.

Y cuando Francisco se convirtió, apareció Bernardo; después apareció Pedro; después apareció Clara; después aparecieron otros y, finalmente, miles. Y terminaron cambiando una época. Ésa es la verdadera revolución cristiana: la santidad. Porque un santo puede hacer por la Iglesia muchísimo más que cien programas pastorales, cien comisiones y cien documentos que después nadie termina leyendo.

Queridos hermanos, quizás Nuestro Señor también nos diga hoy: «Ve y repara mi Iglesia». Pero no pensemos inmediatamente en Roma, en el Vaticano, en la diócesis o en todo aquello que deberían hacer los demás. Quizás Nuestro Señor esté señalando algo muchísimo más cercano: nuestra propia alma. Repara primero allí; repara tu oración, tu matrimonio, tu familia, aquello que el pecado ha destruido y aquello que hace años sabes perfectamente que deberías cambiar.

Vuelve a confesarte, vuelve a rezar, vuelve a la Eucaristía, vuelve a tomarte en serio la vida eterna. Porque San Francisco comprendió una cosa que nosotros olvidamos constantemente: que esta vida pasa. Pasa el dinero, pasa la fama, pasa la juventud, pasa la belleza, pasa el poder y pasa nuestro propio cuerpo. Todo esto, tarde o temprano, inexorablemente, pasa.

Y solamente existe una vida que no pasa: la vida de arriba, la vida eterna, la vida verdadera. Que el mínimo y dulce Francisco de Asís, el loco de Asís, aquel hombre que quiso parecerse tanto a Nuestro Señor Jesucristo que terminó llevando incluso sus llagas en su propio cuerpo, interceda por nosotros y nos conceda la gracia no simplemente de admirarlo, sino también de imitarlo.

Ave María Purísima. Sin pecado concebida.

P. Javier Olivera Ravasi

La Crosse, Wisconsin, 4 de Octubre de 2026

 


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Escrito por P. Javier Olivera Ravasi

El P. Javier Olivera Ravasi, es fundador y director del sitio Que no te la cuenten. Es sacerdote católico apostólico romano. Se graduó como abogado...

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