El gran enemigo del católico: el MIEDO. Conferencia en Beloit, Wisconsin, USA

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EL MIEDO, EL RESPETO HUMANO Y LA FORTALEZA CRISTIANA

 

P. Javier Olivera Ravasi

2 de Octubre de 2026

Según leemos en las Sagradas Escrituras, podríamos decir que son dos los gritos que, desde el comienzo, atraviesan la historia de la creación: el grito de la rebelión contra Dios y el grito de quienes permanecen fieles a Él:

—«¡No serviré!» (Non serviam; cf. Jer 2,20).

—«¿Quién como Dios?» (Quis ut Deus?; cf. Ap 12,7-9; el nombre hebreo Mika’el, «¿Quién como Dios?»).

El primero resume la rebelión de la criatura que se niega a someterse a su Creador; el segundo, expresado en el mismo nombre de San Miguel y asociado por la tradición cristiana a su combate contra el Dragón, proclama que ninguna criatura puede ponerse a la altura de Dios.

Y esos dos gritos no son propios solamente del mundo angélico, sino también del humano. Son dos gritos que atraviesan nuestra propia existencia: el de quien quiere servir a Dios y el de quien, por el contrario, desea seguir su propio camino.

Sin embargo, incluso quien desea servir a Dios puede sentir dentro de sí la fuerza del otro grito, que muchas veces resuena con mayor estrépito. Y es allí donde puede nacer el miedo, el temor, la tentación de quedarse a mitad de camino a la hora de vivir nuestra vida cristiana; de servir, sí, pero hasta cierto punto; de seguir a Cristo, pero sin pagar demasiado caro las consecuencias.

Porque es así nomás y, quizás, uno de los grandes problemas que tenemos los católicos de nuestro tiempo sea justamente éste: el miedo. El mismo miedo que también padecieron los apóstoles al momento de salir a predicar al Crucificado que acababa de resucitar.

Nuestro Señor lo había anunciado claramente: «Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas. Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales […]. Mas cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué vais a hablar […]. Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros» (Mt 10,16-20).

Palabras duras las de Cristo; palabras exigentes. Nuestro Señor quiere ovejas según el Pastor, pero ¿cuáles son las más grandes tentaciones de la oveja? Porque esta figura bíblica que el Señor pronunció puede resultar paradójica si se la oye simplemente con los oídos naturales.

Sucede que la primera impresión que suele tener la oveja frente al lobo es huir, escapar de la presencia del lobo para evitar sus dientes feroces. Es el temor la primera impresión ante los peligros; es esto lo que brota de nuestra sensibilidad dañada por el pecado original: temor a perder lo que amamos, el honor, la fama, el trabajo, los amigos, la tranquilidad.

Y aquí está el tema que quisiera tratar: nuestros miedos y, especialmente, el respeto humano.

  1. ¿QUÉ ES EL MIEDO?

¿Qué es el miedo? El objeto general del temor es el mal futuro arduo, es decir, el mal que se nos presenta como una amenaza. ¿Y qué lo causa? El amor a algo y el pensar que podemos perderlo. De allí que haya miedos racionales y miedos irracionales, es decir, miedos que van contra la recta razón.

Hay un temor que es lícito y que se da cuando se huye de algo de lo cual se debe huir, y por lo tanto es ordenado; como el cazador huye del león si no tiene con qué defenderse, pues de lo contrario sería temeridad. Hay también un temor ilícito: cuando la voluntad huye de aquello que la inteligencia manda soportar para no desistir de lo que debe buscarse con más fuerza.

Al temor que causa el peligro se le opone, en la moral católica y aristotélica, la virtud de la fortaleza. Santo Tomás explica que la fortaleza impide que la voluntad se aparte del bien de la razón por causa de un mal difícil y amenazante (Suma Teológica, II-II, q. 123, a. 1). Y agrega que la fortaleza se ocupa de los temores y las audacias, reprimiendo los primeros y moderando las segundas (II-II, q. 123, a. 3).

La virtud del valor o valentía no es exactamente lo mismo que el coraje, que es una disposición natural que puede usarse para el bien o para el mal. Barrabás fue corajudo. Un delincuente que se enfrenta a la policía puede ser corajudo. El coraje es una cualidad natural que algunos hombres tienen más y otros menos; la fortaleza, en cambio, es una virtud.

¿Y cuáles son nuestros temores? Miedo por el qué dirán; miedo por lo que podrá suceder en el trabajo; miedo por no sentirnos capacitados para dar el buen combate por la verdad; miedo a ser tratados mal; miedo a perder amistades; miedo a quedar aislados; miedo a que nuestros hijos o nuestros amigos nos consideren exagerados… Miedos, miedos, miedos…

Estos temores, la mayoría de las veces, lejos de poder darnos una actitud racional, pueden paralizarnos y hacer que escondamos la cabeza. Se dice que el avestruz, cuando tiene miedo, aprovecha los huecos que hay en la tierra y mete allí la cabeza, como si por no ver el peligro el peligro dejara de existir.

¿Cuál es la doctrina de Nuestro Señor? ¿Qué nos dice? ¡Todo lo contrario! Nos grita, nos impele y, en su momento más difícil, antes de ir a la Pasión, dice: «En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).

  1. LA TEMPESTAD Y EL MIEDO

Cristo reprocha el temor a raíz de la falta de fe de los Apóstoles: «¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?» (Mt 8,26). Y a fe que había que tener miedo, naturalmente hablando, porque la tormenta era grande.

Pero no había que tenerlo si Dios estaba con ellos.

Durante la tempestad despertaron a Nuestro Señor y le dijeron: «¡Señor, sálvanos, que perecemos!». Y Él les respondió: «¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?». Entonces se levantó, increpó a los vientos y al mar y sobrevino una gran bonanza (Mt 8,25-26).

Es decir: el cristiano no niega la existencia de la tempestad. La tempestad existe. Los peligros existen. Las dificultades existen. Los enemigos existen. Pero también existe Dios. Y si Dios está en la barca, entonces la tempestad no puede ser mirada como si Él no estuviese.

«Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?» (Rom 8,31).

La fortaleza es una de las cuatro virtudes cardinales. Santo Tomás enseña incluso que su acto principal es resistir, es decir, permanecer firme ante el peligro, porque muchas veces resulta más difícil soportar durante largo tiempo un mal presente que lanzarse momentáneamente contra él (Suma Teológica, II-II, q. 123, a. 6).

Se necesita fortaleza para mirar cara a cara nuestros errores y defectos, pues tendemos a ocultarlos incluso a nosotros mismos. La gran dificultad para vernos bien es muchas veces la falta de fortaleza; pero aun después de vernos bien falta mucho: hay que vivir bien.

  1. EL RESPETO HUMANO

Pero el tema que quería comentar especialmente es el de la posible vergüenza que nos puede venir por hacer el bien o por hacer obras buenas: es el famoso pecado de respeto humano, pecado que normalmente no se escucha demasiado en los confesionarios.

¿Qué es el «respeto humano»? Es la vergüenza de mostrarnos como católicos frente a la sociedad, o es el mimetizarse, como el camaleón, con el mundo, para no ser tildados de «raros», de «fanáticos», de «anticuados», de «demasiado católicos».

Es ese veneno que muchas veces nos impide ir adelante en la vida espiritual y, según mi parecer, uno de los medios más eficaces que el demonio tiene para impedir la santidad en el mundo moderno.

Hoy hay como un «complejo del católico», es decir, se nos ha hecho creer que, histórica, espiritual y socialmente, un católico es un ser de segunda o de cuarta; es como si tuviéramos que explicar a cada paso que somos católicos pero que somos «buenos», «abiertos», «pluralistas», que no estamos en contra de nadie, etc.

Y esto se ve en los ejemplos cotidianos. Al pasar frente a una iglesia o a una imagen de la Virgen, son pocos los que se hacen la señal de la cruz. Al rezar el Rosario por la calle, lo llevamos escondido. Al escuchar una conversación obscena, son pocos los que cambian de conversación o, mejor aún, corrigen prudentemente a quien se está desubicando.

Entre los jóvenes, cuando se habla de la sexualidad, ¡qué pocos son los que siguen defendiendo incluso entre sus amigos la castidad y la virginidad hasta el matrimonio! Da vergüenza. Tenemos «respeto humano». Y no porque no sepamos muchas veces qué enseña la Iglesia, sino porque sabemos perfectamente qué pensarán los demás si lo decimos.

Miedo en el trabajo de declararme como católico y de ponerme en contra a algunos compañeros. Miedo en la escuela o en la universidad de decir las cosas como son, de plantarme frente a los compañeros cuando hablan mal de Dios, de la Virgen o de la Iglesia.

Miedo de decir que queremos formar una familia verdaderamente católica. Miedo de pedirle al marido o a la mujer que nos acompañe a Misa. Miedo de corregir al hijo o a la hija por temor a que se enoje. Miedo a persignarse cuando se pasa delante de una iglesia.

Miedo a bendecir la comida en un restaurante. Miedo a tener un crucifijo en el trabajo. Miedo de que sepan que rezamos el Rosario. Miedo de decir que vamos a Misa todos los domingos. ¡Hay de estos miedos! ¡Hay de estos miedos!

  1. «LAS PUERTAS CERRADAS POR MIEDO»

Hay una escena del Evangelio que retrata perfectamente este problema: «Estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo» (cf. Jn 20,19).

Las puertas cerradas por miedo.

El Evangelio de San Juan muestra varias veces este mismo fenómeno. Cuando Jesús va a Jerusalén para la fiesta de los Tabernáculos, dice el evangelista: «Entre la gente había muchos comentarios acerca de Él […]. Pero nadie hablaba de Él abiertamente por miedo» (Jn 7,12-13).

Cuando Jesús cura al ciego de nacimiento, sus padres responden: «Preguntadle; edad tiene; puede hablar de sí mismo». Y San Juan agrega: «Sus padres decían esto por miedo, pues los judíos se habían puesto ya de acuerdo en que, si alguno le reconocía como Cristo, quedara excluido de la sinagoga» (Jn 9,21-22).

José de Arimatea era discípulo de Jesús, pero discípulo oculto. Dice el Evangelio: «José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió a Pilato autorización para retirar el cuerpo de Jesús» (Jn 19,38).

Incluso San Pedro sufrió esta tentación. San Pablo cuenta que, cuando Cefas llegó a Antioquía, primero comía con los gentiles; pero después «se le vio recatarse y separarse por temor de los de la circuncisión». Por eso Pablo dice: «me enfrenté con él cara a cara, porque era digno de reprensión» (Gal 2,11-12).

El «miedo» del que habla San Juan debe entenderse, entonces, en el contexto concreto de aquellas autoridades y grupos que podían expulsar a los discípulos de la sinagoga o perseguirlos. Pero para nosotros la aplicación espiritual es clarísima: es el miedo al mundo; el miedo a que los demás nos rechacen por Cristo.

  1. ¿QUÉ QUIERE EL MUNDO DE NOSOTROS?

El mundo quiere que nos mimeticemos con él. Que usemos sus criterios, que hablemos como él, que sintamos como él y no como Cristo. Contra esto es San Pablo quien dice: «Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20).

Hay veces en que nosotros, los cristianos, nos sentimos mal por no poder gozar las cosas del mundo como el mundo las goza. Esto también le pasaba a San Agustín antes de su conversión, cuando quería incluso parecer tan perverso como los demás y se gloriaba hasta de pecados que no había cometido (Confesiones, II, 3,7).

¡Cuántos, para no ser llamados santurrones o fanáticos, se ponen a imitar a los malos! ¡Cuántos hacen bromas o dicen cosas que ni siquiera piensan con el solo objeto de que «los dejen tranquilos»!

Y es curioso, porque muchas veces estamos dispuestos a hacer enormes sacrificios por las cosas del mundo y nos avergonzamos de hacer pequeños sacrificios por Cristo. Nos sacrificamos por el trabajo, por el dinero, por la salud, por el físico, por un deporte, por una carrera profesional; pero nos cuesta hacer públicamente la señal de la cruz.

  1. LAS PERSECUCIONES

Nuestro Señor dijo: «Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo […]. ¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!» (Lc 6,22-26).

Pero ¿por qué el cristiano es perseguido? Un cristiano podría preguntarse: «Pero si yo no hago nada malo, ¿por qué no me dejan tranquilo? ¿Por qué me persiguen?». Justamente por eso: por no hacer nada malo, sino algo bueno.

Tampoco los mártires hacían «nada malo» y fueron perseguidos, entregados a las fieras, encarcelados y muertos. La conducta del justo, muchas veces sin siquiera hablar, es ya un reproche para quien vive de manera contraria.

La Escritura lo dice: «Acechemos al justo, porque nos resulta incómodo y se opone a nuestras acciones; nos echa en cara las transgresiones de la ley» (Sab 2,12).

Esto no significa, naturalmente, que debamos buscar la persecución ni volvernos insoportables. San Pedro enseña exactamente lo contrario: «Estad siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza, pero hacedlo con dulzura y respeto» (1 Pe 3,15-16).

Y agrega: «Más vale padecer por obrar el bien, si ésa es la voluntad de Dios, que por obrar el mal» (1 Pe 3,17).

  1. LA ACTITUD DE LA OVEJA: RESISTIR

Es difícil hoy escuchar esto sin que se nos critique; pero no decimos esto para quedar bien. Es deber cristiano luchar, librar el buen combate. Es una obligación no bajar los brazos y dejarse arrastrar por la derrota.

Es un deber continuar la batalla y mantener la trinchera hasta que Dios diga basta.

Hilaire Belloc, al ser elegido diputado para la Cámara de los Comunes en Inglaterra, recibió de parte de algunos de sus sostenedores el consejo de no mostrarse demasiado como católico. Belloc respondió públicamente:

«Señores, soy católico. Cuando me es posible oigo Misa todos los días. Esto —y sacó un Rosario de su bolsillo— es un Rosario. Cuando me es posible, me arrodillo y recorro estas cuentas diariamente. Si ustedes me rechazan por mi religión, daré gracias a Dios por evitarme la indignidad de ser su representante» (A. N. Wilson, Hilaire Belloc: A Biography, New York, Atheneum, 1984, p. 133).

La multitud asombrada respondió con aplausos.

Recordemos siempre: Dios no nos pide que venzamos siempre, sino que no nos dejemos vencer.

Así lo decía San Pablo en su carta a Timoteo: «Soporta las fatigas conmigo, como un buen soldado de Cristo Jesús. Nadie que se dedica a la milicia se enreda en los negocios de la vida, si quiere complacer al que le ha alistado. Y lo mismo el atleta: no será coronado si no ha combatido conforme a las reglas» (2 Tim 2,3-5).

Hay que seguir la pelea. Ya lo había dicho el justo Job y vale la pena recordarlo, porque las verdades que no se repiten se olvidan: «Milicia es la vida del hombre sobre la tierra» (Job 7,1, Vulgata).

  1. DAVID Y GOLIAT

Tenemos el ejemplo claro de David contra el gigante Goliat. David, joven y pastor de ovejas, oyendo los insultos de Goliat, gritaba a voz en cuello: «¿Quién es ese filisteo incircunciso para desafiar a los escuadrones del Dios vivo?» (1 Sam 17,26).

Todo Israel tenía miedo.

David veía exactamente el mismo gigante que veían los demás. Veía sus armas, veía su tamaño, escuchaba sus amenazas. Pero había una diferencia: los demás comparaban a Goliat con ellos mismos; David comparaba a Goliat con Dios.

Ésa es la diferencia.

  1. SAN FRANCISCO DE BORJA Y EL RESPETO HUMANO

Se cuenta de San Francisco de Borja, antiguo hombre fuerte de la corona española, que llevaba un día bajo su manto un puchero de caldo para los presos. De pronto se encontró con su hijo, que cabalgaba un hermoso caballo.

Como sintió vergüenza, su primer movimiento fue poner el puchero debajo del manto; pero, venciéndose a sí mismo y para ir contra su propia sensibilidad, puso la olla de puchero sobre su cabeza, burlándose de sí mismo y, a su vez, burlando al mundo.

Eso es vencer el respeto humano.

No esperar a que desaparezca espontáneamente la vergüenza, sino combatirla.

  1. DOUGLAS HYDE

Una vez el ex comunista inglés Douglas Hyde se encontró con un viejo compañero de militancia política. Y aquel hombre comenzó a recordar nostálgicamente cómo era la vida que llevaban cuando ambos estaban completamente dedicados a la causa comunista.

«¿Recuerdas realmente lo que era nuestra vida en el partido?», le dijo. Se levantaban por la mañana pensando en las cosas que podían hacer por el comunismo aquel día. Durante el desayuno leían el Daily Worker, el periódico comunista, para tomar el aire de la lucha en la cual estaban envueltos.

En el autobús o en el tranvía llevaban el periódico tan ostensiblemente como podían, esperando que quienes estaban alrededor pudiesen leer los titulares. Llevaban incluso dos ejemplares consigo y dejaban uno sobre el asiento esperando que más tarde alguien lo tomara y lo leyera.

Cuando llegaban al trabajo hacían circular el periódico. A la hora del almuerzo intentaban entablar conversación con distintos compañeros, no para «embutirles» comunismo por todas partes, sino para guiar la conversación de manera tal que se terminase hablando de las cuestiones que interesaban al partido.

Después del trabajo venían las reuniones, las clases, las discusiones, las campañas, el ir de puerta en puerta intentando convencer a la gente o el estar en una esquina vendiendo periódicos. Es decir, haciendo algo por el comunismo.

Y cuando llegaban a acostarse por la noche, pensaban en lo que harían por el comunismo al día siguiente (Douglas Hyde, Dedication and Leadership, Notre Dame, University of Notre Dame Press, cap. 2).

La pregunta para nosotros resulta casi inevitable:

¿Y nosotros?

Si ellos hacían todo aquello por una ideología humana, ¿qué hacemos nosotros por Cristo? ¿Qué hacemos nosotros que creemos —o decimos creer— que Jesucristo es Dios, que murió por nosotros, que resucitó, que está realmente presente en la Eucaristía y que fuera de Él no existe salvación?

  1. PENTECOSTÉS: DEL MIEDO A LA FORTALEZA

Volvamos ahora al principio.

Los discípulos estaban encerrados «por miedo» (Jn 20,19). Cristo había resucitado. Se les apareció durante cuarenta días «dándoles muchas pruebas de que vivía y hablándoles acerca del Reino de Dios» (Hch 1,3). Y, sin embargo, todavía debían recibir la fuerza de lo alto.

Entonces llegó Pentecostés.

«Se llenaron todos de Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse» (Hch 2,4).

Los mismos hombres que habían tenido miedo salieron a predicar.

Pedro, que había negado a Cristo delante de una criada, se puso ahora de pie con los Once y levantó la voz delante de la multitud (Hch 2,14). Ya no estaban encerrados. Ya no estaban escondidos. Ya no estaban callados.

¿Qué había sucedido?

Habían recibido el Espíritu Santo.

Nosotros hemos recibido el Espíritu Santo. Hemos recibido el Bautismo y la Confirmación. El sacramento de la Confirmación nos fortalece precisamente para confesar la fe y dar testimonio de Cristo.

El Santo Cura de Ars predicaba duramente contra el respeto humano y advertía que una de las primeras tentaciones de quien comienza a servir seriamente a Dios es precisamente avergonzarse delante de los hombres de aquello que debería hacer delante de Dios.

Tenemos que tener temor de Dios, no temor del mundo.

«Trabajad con temor y temblor por vuestra salvación» (Flp 2,12).

  1. NO TENGAMOS MIEDO

Nosotros hemos recibido el Espíritu Santo y no tenemos que tener miedo al mundo ni a nadie. Como dice San Pablo: «Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?» (Rom 8,31).

¿Acaso sufrimos nosotros más que San Pablo? Dice el Apóstol: «Cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno. Tres veces fui azotado con varas; una vez apedreado; tres veces naufragué […]; peligros de ríos; peligros de salteadores; peligros de los de mi raza; peligros de los gentiles; peligros en ciudad; peligros en despoblado; peligros por mar; peligros entre falsos hermanos; trabajo y fatiga; noches sin dormir muchas veces; hambre y sed; muchos días sin comer; frío y desnudez» (2 Cor 11,24-27).

Y Nuestro Señor nos dice: «No tengáis miedo de los que matan el cuerpo y después de esto no pueden hacer más» (Lc 12,4).

San Pablo vuelve a decirnos: «No recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre!» (Rom 8,15).

Y San Pedro: «Aunque sufrierais a causa de la justicia, dichosos de vosotros. No les tengáis ningún miedo ni os turbéis. Al contrario, dad culto al Señor, Cristo, en vuestros corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza» (1 Pe 3,14-15).

CONCLUSIÓN

Terminemos apelando a la fortaleza. A no olvidar que por estos dos o tres días de una mala posada podemos ganarnos el cielo.

Soldado: ¡la batalla continúa! ¡A no bajar los brazos!

No tengamos miedo de ser católicos. No tengamos miedo de rezar. No tengamos miedo de defender la verdad. No tengamos miedo de educar cristianamente a nuestros hijos. No tengamos miedo de decir que algo está bien cuando está bien y que algo está mal cuando está mal.

No tengamos miedo de ser ovejas en medio de lobos.

Porque no estamos solos.

«¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada? […]. Pero en todo esto salimos vencedores gracias a Aquel que nos amó» (Rom 8,35.37).

«Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni las potestades, ni la altura ni la profundidad, ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Rom 8,38-39).

Que podamos decir también con el salmista:

«Cíñete al flanco la espada, valiente:
es tu gala y tu orgullo;
cabalga victorioso por la verdad y la justicia;
tu diestra te enseñe a realizar proezas»
(Sal 45[44],4-5).

Dos gritos hay en el cielo que aún retumban en la bóveda celeste:

¡No serviré!

y

¡Quién como Dios!

Que nosotros sepamos bien, cuando llegue el momento, cuál de los dos queremos gritar.

 


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P. Javier Olivera Ravasi

Escrito por P. Javier Olivera Ravasi

El P. Javier Olivera Ravasi, es fundador y director del sitio Que no te la cuenten. Es sacerdote católico apostólico romano. Se graduó como abogado...

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