HIPATIA DE ALEJANDRÍA. Desmontando un mito anticatólico
“Tanto va al cántaro a la fuente, que al final se rompe”, dice el refrán español. Es que hay historias que hemos escuchado tantas veces que terminamos creyendo que ocurrieron exactamente así. Una de ellas es la de Hipatia de Alejandría (c. 355–415 d. C.), convertida con el paso de los siglos en uno de los grandes símbolos de la supuesta lucha entre el cristianismo, por un lado, y la ciencia y la razón, por el otro.
Algo parecido al “caso Galileo”.
La versión más difundida dice aproximadamente lo siguiente: Hipatia fue una brillante matemática, astrónoma y científica pagana, una mujer adelantada a su tiempo y defensora de la razón frente a la superstición. Pero tuvo la desgracia de vivir en una Alejandría donde el cristianismo adquiría cada vez mayor poder político y social.
Y allí aparece el supuesto villano de la historia: San Cirilo de Alejandría, un obispo fanático que habría visto en aquella mujer sabia una amenaza para el cristianismo. Finalmente, en el año 415, una turba de cristianos la capturó y la asesinó brutalmente, despedazando luego su cuerpo.
Hipatia se habría convertido así en una especie de mártir de la ciencia: “la razón asesinada por la fe y la cultura clásica destruida por el cristianismo”, dicen. Hay solamente un problema: aunque el asesinato fue absolutamente real, esa interpretación de su muerte tiene bastante más de construcción moderna que de historia antigua.
El nacimiento de un mito
Pero no hace falta negar los hechos incómodos: Hipatia existió, fue una mujer extraordinariamente culta y fue asesinada brutalmente por cristianos. La verdadera pregunta histórica es otra: ¿por qué fue asesinada? ¿La mataron realmente porque representaba la ciencia y la razón frente al cristianismo?
La transformación de Hipatia en símbolo anticristiano fue produciéndose durante siglos. Voltaire, por ejemplo, la utilizó como ejemplo del fanatismo religioso y el anticatólico Edward Gibbon contribuyó enormemente a fijar esta interpretación.
En nuestra época fueron particularmente influyentes Carl Sagan, a través de Cosmos, y la película Ágora, de Alejandro Amenábar. Esta última convirtió a Hipatia prácticamente en una librepensadora moderna que llegaba incluso a aproximarse al descubrimiento de las órbitas elípticas. Es una historia cinematográficamente buena; bien lograda; por eso es que es peligrosa, porque puede quedar en el “inconsciente colectivo”, que cada vez es más inconsciente y más colectivo….

El problema es que esa Hipatia nunca existió; y para descubrirlo basta con ir a las fuentes antiguas, hoy cada vez más fácil de acceder gracias a las nuevas tecnologías.
1. ¿Quién fue realmente Hipatia?
Hipatia fue realmente una intelectual reconocida. Era hija de Teón de Alejandría, importante matemático y astrónomo, y recibió una educación extraordinaria.
El historiador cristiano Sócrates Escolástico, contemporáneo a ella que escribió unas dos décadas después de su muerte, afirma que Hipatia había alcanzado tal grado de conocimiento que: «superaba con mucho a todos los filósofos de su tiempo». Añade que enseñaba públicamente filosofía y que personas de lugares lejanos acudían a escucharla (Sócrates Escolástico, Historia Eclesiástica, VII, 15).
Hipatia colaboró además con su padre Teón de Alejandría y estuvo vinculada a la transmisión y comentario de importantes obras matemáticas. Las fuentes le atribuyen trabajos sobre la Aritmética de Diofanto, las Secciones cónicas de Apolonio y un Canon astronómico (Suda, s.v. Ὑπατία; Damascio, Vida de Isidoro, fr. 102).
Era, por tanto, una mujer de enorme formación matemática y filosófica. Pero no tenemos evidencia de que realizara los extraordinarios descubrimientos científicos que a veces se le atribuyen. Es decir, fue principalmente una importante profesora, comentarista y editora de textos matemáticos y astronómicos.
No inventó el astrolabio (un antiguo instrumento astronómico que servía para observar y calcular la posición de los astros), como muchas veces se repite, que ya existía desde antes de su nacimiento; ni el heliocentrismo, como aparece en la película Ágora.

Un discípulo suyo, Sinesio de Cirene, habla en sus cartas de que usaba algunos instrumentos, pero no que los inventara (Sinesio, Cartas, 15 y 154). Hipatia trabajaba dentro de la tradición matemática y astronómica de Ptolomeo. Presentarla anticipándose a Kepler más de mil años antes es ficción cinematográfica.
Tampoco era atea ni estaba enfrentada al “oscurantismo religioso”; era neoplatónica y, como tal, poseía una concepción profundamente metafísica e incluso mística del universo, afirmando un Dios superior. Es cierto que no parece haber sido cristiana, pero convertirla por eso en una atea moderna resulta anacrónico. Es más: tuvo discípulos cristianos; el mismo Sinesio de Cirene, quien llegó a ser luego obispo de Ptolemaida, Libia: «madre, hermana, maestra y benefactora», llega a llamar a su antigua maestra (Sinesio de Cirene, Carta 16).
Como se ve, la realidad era bastante más compleja que una supuesta guerra entre «la ciencia pagana» y «el cristianismo enemigo del conocimiento». Un cristiano podía estudiar con Hipatia, admirarla profundamente y continuar considerándola su maestra.
2. Alejandría: una ciudad violenta
Para comprender la muerte de Hipatia debemos comprender la ciudad donde vivía. Alejandría era una de las grandes metrópolis del mundo antiguo, pero también era tristemente famosa por su violencia política callejera.
El propio Sócrates, al narrar los enfrentamientos entre cristianos y judíos, señala que los disturbios alejandrinos difícilmente terminaban «sin derramamiento de sangre» (Sócrates, Historia Eclesiástica, VII, 13).
Hipatia no fue la única personalidad importante asesinada por una multitud alejandrina. En el año 361 el obispo católico Jorge de Capadocia fue linchado y, en 457, el patriarca católico Proterio sufriría también una muerte espantosa. Es decir: la violencia de las turbas alejandrinas no comenzó con Hipatia ni terminó con ella.
Cirilo contra Orestes
En el año 412, Cirilo se convirtió en obispo de Alejandría y muy pronto entró en un durísimo enfrentamiento con la otra gran autoridad de la ciudad: el prefecto imperial Orestes. Y aquí aparece un dato que muchas versiones populares omiten: Orestes era también católico
El conflicto que terminará involucrando a Hipatia, por tanto, no puede reducirse a cristianos contra paganos. Era también una lucha entre dos centros de poder: la creciente autoridad episcopal de Cirilo y la autoridad civil representada por Orestes.
Sócrates no oculta esta dimensión problemática. Al narrar la elección de Cirilo afirma que el episcopado alejandrino había comenzado a ejercer un poder que iba «más allá de los límites de sus funciones sacerdotales» (Sócrates, Historia Eclesiástica, VII, 7). La situación se descontroló. Hubo un gravísimo enfrentamiento entre cristianos y judíos y Cirilo reaccionó duramente contra la comunidad judía de Alejandría.
Entonces unos quinientos monjes de Nitria, ciudad al sur de Alejandría, llegaron a la ciudad para apoyar a Cirilo. Uno de ellos, llamado Amonio, golpeó a Orestes en la cabeza con una piedra. Fue detenido, torturado y luego murió. Cirilo intentó honrarlo como a un mártir, pero Sócrates cuenta que los propios cristianos moderados rechazaron aquella interpretación: sabían que Amonio no había muerto por negarse a renunciar a Cristo, sino después de atacar al gobernador (Sócrates, Historia Eclesiástica, VII, 14).
Es aquí entonces cuando aparece el caso de Hipatia.
Hipatia pertenecía a la élite alejandrina y mantenía frecuentes contactos con Orestes. Su influencia entre las clases dirigentes era considerable. Sócrates —que, recordemos, era cristiano— habla maravillas de ella:
«Todos, a causa de su extraordinaria dignidad y virtud, la admiraban aún más» (Sócrates, Historia Eclesiástica, VII, 15).

Pero precisamente por su influencia sobre Orestes comenzó a circular entre algunos cristianos un rumor: Hipatia sería quien estaba impidiendo la reconciliación entre Orestes y Cirilo.
Y Sócrates presenta aquella acusación como una calumnia:
«se difundió calumniosamente entre el pueblo cristiano que era ella quien impedía que Orestes se reconciliara con el obispo» (Sócrates, Historia Eclesiástica, VII, 15).
El asesinato de Hipatia
Así, en marzo del año 415, durante la Cuaresma, un grupo de cristianos interceptó a Hipatia. Sócrates identifica como cabecilla a «un lector llamado Pedro». La sacaron de su carruaje, la condujeron al Cesareo (gran complejo monumental dedicado al culto imperial romano) y allí la asesinaron brutalmente. Después despedazaron su cuerpo y quemaron sus restos. No hay necesidad alguna de suavizar el episodio: fue un crimen espantoso cometido por cristianos.
Y Sócrates tampoco intenta justificarlo. Afirma que el asesinato:
«produjo no poca afrenta a Cirilo y a la Iglesia de Alejandría».
Y concluye:
«Nada puede estar más lejos del espíritu del cristianismo que permitir asesinatos, luchas y acciones semejantes» (Sócrates, Historia Eclesiástica, VII, 15).
Ahora bien, ¿por qué la asesinaron? Sócrates afirma que Hipatia: «cayó víctima de los celos políticos que prevalecían en aquel tiempo» (Sócrates, Historia Eclesiástica, VII, 15).
Nuestra fuente más cercana sitúa, por tanto, su asesinato dentro del conflicto político entre Cirilo y Orestes, precisamente porque se creía que ella impedía su reconciliación. Esto no significa que la religión no tuviera importancia. Las tensiones políticas, sociales y religiosas estaban profundamente entrelazadas. Pero de ahí a afirmar que Hipatia fue asesinada porque los cristianos odiaban la ciencia existe un salto que las fuentes no permiten dar.
Ahora bien, ¿mandó San Cirilo asesinar a Hipatia?
Esta es quizá la pregunta más delicada. La respuesta históricamente más responsable es: no lo sabemos. No poseemos una fuente contemporánea que demuestre que Cirilo dio la orden de asesinarla. El filósofo pagano Damascio, escribiendo aproximadamente un siglo después, responsabiliza mucho más directamente a Cirilo. Según su relato, el obispo habría sentido envidia al contemplar el prestigio de Hipatia y habría comenzado a planear su muerte (Damascio, Vida de Isidoro, fr. 102; Suda, s.v. Ὑπατία).
El testimonio no debe ocultarse, pero tampoco puede utilizarse sin crítica: Damascio escribía aproximadamente un siglo después, pertenecía a la tradición neoplatónica de Hipatia y era hostil al cristianismo. Sócrates, en cambio, escribió mucho más cerca de los acontecimientos y no era un admirador incondicional de Cirilo. Lo critica en distintos momentos y no duda en señalar sus excesos.
Sin embargo, Sócrates no afirma que Cirilo ordenara asesinar a Hipatia.
Esto no demuestra su inocencia absoluta. Es decir, se puede discutir hasta qué punto Cirilo tuvo responsabilidad indirecta por el clima político que contribuyó a crear. Lo que no podemos presentar como hecho demostrado es que San Cirilo haya ordenado el asesinato.
¿Y entonces por qué Cirilo es santo?
Cirilo no es santo por aquellas luchas políticas y, muchísimo menos, porque la Iglesia apruebe el asesinato de Hipatia. Su importancia -está citado en el canon romano, ni más ni menos- procede fundamentalmente de otra dimensión de su vida: fue uno de los grandes Padres y teólogos de la Iglesia antigua.
En el año 431 desempeñó un papel decisivo en el Concilio de Éfeso, defendiendo la unidad de Cristo frente a Nestorio: Jesucristo es una única persona, el Verbo eterno de Dios, verdaderamente Dios y verdaderamente hombre.
Precisamente por eso defendió también para María el título de Theotokos, Madre de Dios: no porque María sea origen de la divinidad, sino porque aquel a quien concibió y dio a luz es verdaderamente Dios hecho hombre.
Su influencia sobre la cristología posterior fue inmensa. Por ello es venerado como santo en Oriente y Occidente y fue declarado Doctor de la Iglesia. Reconocer esto no obliga a transformar a Cirilo en un personaje históricamente impecable. Los santos no son canonizados porque cada decisión de sus vidas haya sido perfecta. Es decir, podemos reconocer en Cirilo a uno de los grandes teólogos cristianos y, al mismo tiempo, admitir su participación en las durísimas luchas políticas de la Alejandría del siglo V y condenar sin reservas el asesinato de Hipatia.
¿Con Hipatia murió la ciencia?

Tampoco es cierto que con Hipatia desapareciera la tradición científica alejandrina. Después de su muerte continuaron enseñando allí filósofos y estudiosos como Hierocles, Amonio, Olimpiodoro y Juan Filopono. Tampoco existe evidencia de que Hipatia fuese la última bibliotecaria de la Gran Biblioteca de Alejandría, ni de que su asesinato coincidiera con su destrucción.
Entonces, ¿qué queda del mito?
Queda una historia bastante más compleja. Hipatia no era una atea racionalista moderna, no descubrió las órbitas elípticas y no inventó el astrolabio. Tampoco fue la última bibliotecaria de Alejandría. Pero sí fue una mujer extraordinariamente culta, filósofa neoplatónica, matemática y astrónoma, que alcanzó enorme prestigio y fue respetada incluso por intelectuales cristianos.
Y en el año 415 fue víctima de un linchamiento brutal cometido por cristianos, en medio de una violentísima lucha política, social y religiosa. El cristiano no tiene ninguna necesidad de justificar aquel crimen.
Pero el historiador tampoco tiene derecho a convertir aquel crimen en algo que las fuentes no dicen. Reconocer que los asesinos fueron cristianos no equivale a demostrar que Hipatia fue asesinada porque el cristianismo odiaba la ciencia.
Quizá la mayor ironía sea que una de nuestras mejores fuentes para conocer la grandeza de Hipatia y condenar a sus asesinos sea precisamente un historiador cristiano: Sócrates Escolástico.
La historia real no necesita ni una Hipatia atea convertida en mártir de la ciencia ni un San Cirilo convertido en monstruo enemigo del conocimiento. La verdad es bastante más compleja. Y, como suele ocurrir, también bastante más interesante.
P. Javier Olivera Ravasi, SE
Septiembre de 2026
FUENTES ANTIGUAS PRINCIPALESTim O’Neill, “The Great Myths 9: Hypatia of Alexandria”, History for Atheists, 2020.Sócrates Escolástico, Historia Eclesiástica, VII, 7; VII, 13-15.Sinesio de Cirene, Cartas, especialmente 10, 15, 16, 81, 124 y 154.Damascio, Vida de Isidoro, fr. 102, conservado en la Suda, s.v. Ὑπατία.Juan de Nikiu, Crónica, 84, 87-103.Filostorgio, Historia Eclesiástica, VIII, 9.BIBLIOGRAFÍA MODERNA ESENCIALMaria Dzielska, Hypatia of Alexandria, Harvard University Press, 1995.Alan Cameron, “Hypatia: Life, Death, and Works”, en Wandering Poets and Other Essays on Late Greek Literature and Philosophy, Oxford University Press, 2016, pp. 37-80.Edward J. Watts, Hypatia: The Life and Legend of an Ancient Philosopher, Oxford University Press, 2017.Christopher Haas, Alexandria in Late Antiquity: Topography and Social Conflict, Johns Hopkins University Press, 1997.
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