La Acción Política de San Pío X
Por Thierry MARTIN
Desde el inicio de su pontificado, Pío X fue calificado de papa «religioso» en el sentido más estricto de la palabra. Ciertos miembros de la Curia pretendieron incluso que se había llevado a la cátedra de Pedro a un curita de Mantua, limitado en cultura y en conocimiento del mundo. Sin duda al tanto de estas maldades -que aún tienen curso un siglo después- San Pío X respondió alusivamente a ellas en su primera alocución consistorial: «No nos ocultemos que sorprenderemos a algunas personas diciendo que nos ocupamos de política«[1]. Pero el Papa aclaró inmediatamente sobre qué fundamentos entendía actuar en este campo: «El Soberano Pontífice, investido por Dios de un magisterio supremo, no tiene derecho de arrancar los asuntos políticos del campo de la fe y de las costumbres«[2]. En realidad, San Pío X es tanto más político… cuanto que defiende integralmente la Fe. Después de haber puesto en evidencia los dos principios fundadores de una política católica según San Pío X, detallaremos su programa de restauración católica, a la vez escudo contra los errores y espada de las verdades… para concluir, recordaremos el método que preconiza para recrear la Ciudad católica.
LOS PRINCIPIOS
El primer principio fundador, más actual que nunca, de la acción «política» de San Pío X, es el rechazo de la apostasía legal de las sociedades contemporáneas. El corazón de la política de los Estados en la época de San Pío X, no sólo en Francia sino también en Portugal, en España, en Ecuador, en Bolivia, en México, consistía ya en romper, dentro de la legislación civil, el lazo entre el hombre y el Autor de todas las cosas, de alejar siempre más el gobierno de los hombres de los principios de la Fe y de la Moral católica, de oponer el César a Dios para terminar haciendo cambiar a Dios por elCésar. «Este supremo ultraje del siglo«[3], mucho antes de ser papa, el obispo de Mantua lo denunciaba ya en una carta pastoral: «Dios es apartado de la política por las teorías de separación de la Iglesia y del Estado, de la ciencia por la duda eregida en sistema, del arte rebajado hasta el verismo, de las leyes marcadas por la moral de la carne y de la sangre, de las escuelas con la abolición del catolicismo, e incluso de la familia que se quisiera ver desacralizada en sus raíces y privada de la gracia del Sacramento. Dios es echado de las chozas de los pobres… de las casas de los ricos… desconocido por los poderosos… Ninguna otra sociedad ha dirigido a Dios más resueltamente estas palabras: Recede a nobis (Job. XXI, 4)».
Esta «separación» sigue siendo, en 2003, el alpha y la omega de la política. «No a una ley moral que prime sobre la ley civil», declaraba, en 1995, el presidente de la República Francesa, declaración reiterada desde entonces. ¿No resulta patético haber visto recientemente al Papa implorar al redactor de una «constitución europea» que mencionase los «valores cristianos» de Europa cuando, en la vorágine de Vaticano II, la Roma conciliar se empecinó en laicizar los Estados cuyas instituciones hacían expresamente referencia al Verdadero Dios? La respuesta al pedido papal fue significada secamente por el presidente en ejercicio del consejo europeo: «Europa no es un club cristiano»[4]… lo cual permitirá la entrada en su seno de una Turquía musulmana.
Segundo principio fundador de la acción política de San Pío X para nuestro tiempo: el rechazo del mito rousseauniano acerca de la «bondad natural del hombre». No es una casualidad si el rechazo de esta herejía figura en la encíclica publicada con motivo con motivo del 50 º aniversario de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción: » ¿De dónde parten, en realidad, los enemigos de la religión para sembrar tantos y tan graves errores? Comienzan negando la caída primitiva del hombre y su envilecimiento«[5]. He aquí lo que separa fundamentalmente San Pío X de todos los que han intentado experiencias de restauración civil: no hay programa político realmente coherente, no hay restauración social a largo plazo, si no se reconoce que el hombre es pecador y que es el precio de la Sangre del Calvario, renovado en el Santo Sacrificio de la Misa, el único que puede permitirle progresar por el camino del Bien… entonces, pero sólo entonces, el orden social, confortado por el poder legítimo de la autoridad pública, quedará bien asegurado. Bernard Faá¿, en su Luis XVI o el fin de un mundo, señala que el Teniente criminal podía informar al rey en 1776 que no se había cometido ningún crimen de sangre en París durante los 4 años precedentes. París contaba entonces con cerca de 500 parroquias y menos de 1.000 policías. En 2003, nuestra capital cuenta con 30.000 policías, 300.000 hechos penales se cometen en ella cada año y las 100 iglesias de la diócesis están casi vacías (salvo una: ¡Saint-Nicolas!). Es por ende a justo título que San Pío X insistía sobre «la unión de la religión y de la patria», expresión que emplea muy frecuentemente, unión que es para él la base de la «civilización cristiana«, única unión que permite «esa armonía que, extendiéndose desde cada uno a la sociedad humana, confirma el bienestar social, el cual encierra en él un elemento doble: un elemento religioso y un elemento civil«[6].
EL PROGRAMA
Sobre estos dos fundamentos, tan sólidos, la necesaria cooperación de la Iglesia y del Estado para el bien del hombre -formado de un alma y de un cuerpo- y el reconocimiento público del Redentor por el gobierno de los hombres, se puede bosquejar el programa político que San Pío X ha legado a los católicos del siglo XXI. Contiene dos ejes esenciales, el rechazo de los errores, el escudo contra las herejías, y la afirmación de las verdades, la espada de las verdades eternas.
Los errores, las herejías que hay que contener, San Pío X las citó expresamente, son «la utopía malsana, la rebelión y la impiedad»[7]. La utopía malsana es, incontestablemente, el o los socialismos, siendo el más reciente el mundialismo, que San Pío X ya denunciaba, ese socialismo universal de envilecimiento de las costumbres y condiciones, de supresión de todo obstáculo a la dominación del dinero, forjada por «la tenebrosa alianza» de los plutócratas (expresión de León XIII) y de las sectas revolucionarias contra el orden social natural y cristiano en el mundo. He aquí lo que dice San Pío X: » ¡Para Le Sillon, toda desigualdad de condición es una injusticia o, al menos, un justicia menor! Principio soberanamente contrario a la naturaleza de las cosas, generador de envidias y de injusticias y subversivo de todo orden social… El beneficiario de esta acción social cosmopolita no puede ser más que una… religión más universal que la Iglesia católica, que reuna a todos los hombres por fin hermanados y compañeros en «el reino de Dios», no se trabaja para la Iglesia, se trabaja para la humanidad«.[8] Muy por el contrario, señala San Pío X, no es «el advenimiento de la democracia universal» la que «importa… a la acción de la Iglesia en el mundo»[9].
La rebelión, por su parte, es el liberalismo, que estigmatiza el santo Papa en estos términos: «Siempre tienen a flor de labios las resonantes palabras de progreso y civilización: no es que ello les importe mucho, sino que pueden con estos grandiosos términos disfrazar más fácilmente la malicia de sus intenciones… Se proponen fomentar una apostasía universal de la fe y de la disciplina de la Iglesia, apostasía mucho más nefasta que aquélla en la cual estuvo a punto de sucumbir el siglo de San carlos Borromeo… El origen de ambas apostasías es el mismo: el hombre enemigo, el que vela siempre para perder a los hombres, ha sembrado la cizaña en medio del trigo (Mt. 13, 25).»[10]
En cuanto a la impiedad, contraria a la virtud de piedad que es «amor y respeto de los bienes sobrenaturales», san Pío X la denunció ya desde el inicio de su pontificado: «La guerra impía que ha sido fomentada… va prosiguiéndose casi en todas partes contra Dios… De allí, en la mayoría de las personas, un rechazo total de todo respeto a Dios. De allí, hábitos de vida, tanto privados como públicos, en los que su soberanía no se tiene en cuenta en absoluto. Peor aún, no hay esfuerzo ni artificio al que no se recurra a fin de abolir enteramente su recuerdo y hasta su noción… El hombre, con una temeridad incalificable, ha usurpado el lugar del Creador y, elevándose por encima de todo lo que lleva el nombre de Dios… se dedica a sí mismo el mundo visible a modo de templo, en el cual pretende recibir la adoración de sus semejantes»[11].
Segundo eje de su programa político, la espada de las verdades eternas. En la afirmación de los principios de verdad, san Pío X exhorta en primer lugar a los católicos a no disimular su fe: «La verdad no quiere disfraces, nuestra bandera debe ser desplegada»[12]… y a unirse entre católicos en torno a los principios católicos: «Partidos de orden capaces de restablecer la tranquilidad en medio de la perturbación de las cosas, sólo hay uno: el partido de Dios. Es… a éste al que hay que llevar la mayor cantidad de adherentes posibles, siempre que deseemos sinceramente la seguridad pública»[13].
Primer punto del programa de restauración de San Pío X para nuestro tiempo, la santidad del matrimonio y la preservación del santuario familiar. Tanto en sus encíclicas como en sus cartas o sus alocuciones a los peregrinos, vuelve con frecuencia sobre este tema. Habría que citarlas a todas. Retengamos ésta: «El Espíritu Santo ha dicho que los hijos se parecen a sus padres: exceptuándose algunos brotes malos…, la maldad de los hijos debe ser imputada a la negligencia, a la despreocupación y, no lo permita Dios, a la malicia de los padres. Es por lo que, si debemos aguardar algo bueno para la sociedad, debemos esperarlo especialmente de las familias… Vuestros hijos deben crecer semejantes a vosotros, buenos cristianos y excelentes ciudadanos[14]«
Segundo punto del programa, una educación íntegra y auténticamente católica. Sobre este tema también, cuántas exhortaciones escritas y orales del Santo Padre, tan actuales que parecen de hoy mismo. He aquí una entre tantas otras: «Es fácil ver que en estas circunstancias tan lamentables para Francia, lo que, por encima de todo, se halla en gran peligro, es la juventud. Sustraída en gran parte a la solicitud y la tutela de la Iglesia, es empujada en masa a esos colegios públicos y grandes liceos que parecen estar concebidos a propósito para desarraigar de su alma el sentimiento religioso. Si no podemos remediar completamente semajante daño, al menos todo lo que nos queda para uso de nuestros jóvenes en establecimientos de instrucción católica, debemos esforzarnos al máximo para conservarlo en su integridad»[15].
Tercer punto del programa, un «justo equilibrio entre las diversas clases de la sociedad»[16] y un «uso de los bienes temporales según las leyes y las instituciones cristianas»[17]. Siguiendo a León XIII[18] y anunciando a Pío XI[19], San Pío X recuerda los fundamentos de la economía social cristiana: «A solucionar la cuestión obrera pueden contribuir poderosamente los capitalistas y los obreros mismos mediante instituciones destinadas… a acercar y a unir las dos clases entre sí… y, por sobre todo, las corporaciones de artes y oficios»[20]. Es una economía del oficio y de la profesión que San Pío X desea: «La cuestión social y la ciencia social no nacieron ayer… desde siempre la Iglesia y el Estado, felizmente concertados, han suscitados con ese fin organizaciones fecundas… La Iglesia, que jamás traicionó la felicidad del pueblo mediante alianzas comprometedoras, no tiene que desprenderse del pasado y le basta con retomar, con el concurso de los verdaderos obreros de la restauración social, los organismos quebrados por la Revolución y adaptarlos, en el mismo espíritu cristiano que los inspiró, al nuevo medio creado por la evolución material de la sociedad contemporánea: porque los auténticos amigos del pueblo no son ni revolucionarios, ni novadores, sino tradicionalistas»[21].
EL MÉTODO
San Pío X no se contentó con recordar los principios y desarrollar su programa. También proporcionó el método de restauración social, sin el cual nada es posible.: «No tenemos otra manera de ser hombres, tanto desde el punto de vista espiritual como social, más que la de acercarnos del hombre perfecto, de la medida colmada de Cristo. Toda la vida cristiana no debe ser por lo tanto más que un continuado estudio para alcanzar la belleza de Cristo«[22]. Observando que «es en la medida en que penetra en la vida de los hombres la fuerza benéfica de la religión, que se delibera en vista de la prosperidad del Estado»[23], él recuerda a los católicos la importancia de la oración, «principal deber del cristiano, en todo tiempo, pero particularmente en medio de las dificultades y disturbios… Cuando ignoramos lo que debemos hacer, sólo nos queda elevar los ojos hacia Dios… solamente de Él podemos recibir luces, inspiraciones y socorro»[24]. El papel irreemplazable de la Eucaristía, «… la divina Eucaristía es el centro de la fe, la meta final de cualquier otra devoción, la fuente de todo bien, la consumación de todos los demás sacramentos, el resumen de los divinos misterios, el torrente de todas las gracias, el bálsamo para todos los dolores, el pan de la vida, el viático que nos fortifica para el viaje hacia la eternidad, la promesa y el gozo anticipado de la felicidad eterna»[25], texto magnífico del cual desborda todo el amor sobrenatural del santo… la devoción a María, «Es a justo título que varios santos a llamado a María «un ostensorio vivo», ya que ella misma, mientras estamos en este valle de lágrimas, está ansiosa de mostrarnos a Jesús. Ella misma, con bondad y dulzura, le presenta la oración mediante la cual cada día le gritamos «después de este destierro muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre»[26]… la práctica de los Ejercicios espirituales de San Ignacio, en razón «de los frutos que producen, muy numerosos y plenos de una santa consolación»[27]… finalmente, el papel primordial del clero en la sociedad, «El sacerdote es de tal manera que no puede ser bueno o malo para sí sólo… cuántas consecuencias tienen para el pueblo su conducta y su manera de vivir…»[28].
En conclusión, como un tesoro, hagamos nuestro, meditemos, difundamos, apliquemos todo lo posible el programa que San Pío X nos dejó, a nosotros, católicos franceses, en esa fiesta de San Luis de 1910, en la Lettre sur le Sillon, invitación a caminar junto a Aquél que es el Camino por excelencia. «No se construirá la ciudad de una manera diferente a la que Dios la construyó… no se edificará la sociedad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige las obras… no, la civilización ya no debe ser inventada ni la ciudad nueva construida en las nubes. Ella ha sido, ella es… es la civilización cristiana, es la ciudad católica. Sólo se trata de instaurarla y restaurarla sin cesar sobre los fundamentos naturales y divinos contra los ataques siempre renovados de la utopía enfermiza, de la rebelión y la impiedad: Omnia instaurare in Christo[29]«
[1] Alocución consistorial del 9 de noviembre de 1903, Primum vos.
[2] Ibid.
[3] Carta de la Secretaría de Estado del 20 de mayo de 1910 a Paul Féron-Vrau.
[4] Le Monde, 9 de enero de 2003.
[5] Encíclica del 2 de febrero de 1904, Ad diem illum laetissimum.
[6] Carta del 30 de octubre de 1906, Quod felices.
[7] Carta del 25 de agosto de 1910, Notre charge apostolique.
[8] Ibid.
[9] Ibid.
[10] Encíclica del 26 de mayo de 1910, Editae saepe Dei.
[11] Encíclica del 4 de octubre de 1903, Editae saepe Dei.
[12] Carta del 20 de octubre de 1912, Je réponds de ma main
[13] En cíclica del 4 de octubre de 1903, E supremi apostolatus
[14] Alocución del 27 de octubre de 1907, Lamento ne piu ragionevole.
[15] Carta del 6 de mayo de 1907, Sub exitum.
[16] Encíclica del 4 de octubre de 1903, E supremi apostolatus.
[17] Ibid.
[18] León XIII, encíclicas Rerum novarum (1891) y Graves de communi (1902).
[19] Pío XI, encíclica Quadragesimo anno (1931).
[20] Motu propio del 18 de diciembre de 1903, Fin dalla prima.
[21] Carta del 25 de agosto de 1910, Notre charge apostolique.
[22] Carta del 23 de diciembre de 1903, Con lieto animo.
[23] Carta del 10 de julio de 1911, Missam a vobis.
[24] Alocución del 22 de febrero de 1913, La vostra visita.
[25] Discurso del 14 de abril de 1912, Je vous remercie.
[26] Alocución del 28 de noviembre de 1910, Conspectus vester.
[27] Carta del 8 de diciembre de 1904, Exercitorium spiritualium.
[28] Encíclica del 4 de agosto de 1908, Haerent animo.
[29] Carta del 25 de agosto de 1910, Notre charge apostolique.
